
Por Frank Correa
Jaimanitas, La Habana,(PD) Ayer, en el paradero de Playa, una mujer gruesa quiso disputarle el asiento de un taxi a un hombre que se sentó primero, y el chofer del taxi pidió a los tres pasajeros de atrás que nos apretáramos un poco para dejarla sentar.
Era un Chevrolet del año 54, con capacidad trasera para cuatro pasajeros, pero los tres de atrás éramos gordos, sobre todo una señora negra que ocupaba mucho espacio. El menos gordo era yo, que iba aplastado entre la negra y el otro. No estuvimos de acuerdo con la invasión de un cuarto pasajero.
El chofer se sentó molesto frente al timón y arrancó luego de mascullar improperios.
El chofer era gordo y los otros dos pasajeros que lo acompañaban delante también. A manera de broma pregunté: ¿Con qué cara íbamos a decir al mundo que estábamos en período especial y que pasábamos hambre?
La negra gorda dijo que no podía bajar de peso por su enfermedad. Agregó que toda aquella gordura era producto del sancocho que comía, del pan y el agua con azúcar.
El gordo que viajaba a mi lado dijo que lo de él era la grasa de puerco y el tanto picadillo condimentado con boniato. Los dos que viajaban junto al chofer dijeron que tenían una pizzería clandestina y acusaron a la harina.
Sin embargo, el chofer dijo que estaba rebajando, que antes podía montar a un solo pasajero a su lado y la carrera le resultaba poco rentable. Ahora podían montar dos sin mucha complicación.
--Pero atrás siempre han montado cuatro -, dijo y volvió a mirarnos con desagrado.
Le pregunté por el motor del Chevrolet, que no me sonaba americano. Me confesó que era un motor de montacargas adaptado. Para alardear, aceleró a toda máquina y el armazón de hierro del año 54 del siglo pasado con todos los gordos arriba se desplazó fuertemente por Quinta Avenida, y cuando los pasajeros pensamos que íbamos a cien, nos pasó un Audi por al lado como una exhalación.
Pedí mi parada en la entrada de Jaimanitas y hubo alivio en el asiento trasero, cuando de la nada surgió un gordo de la acera que intentó subir al taxi. Mis acompañantes de viaje se mostraron decididos a no dejarlo montar, y coparon con sus libras todo el espacio. El chofer arrancó su montacarga Chevrolet por la Quinta Avenida, mascullando insultos contra el boicot de la carrera.
beilycorrea@yahoo.es
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