
Por Osmar Laffita Rojas
Capdevila, La Habana,(PD) En una aproximación a la situación de la sociedad cubana actual, se distinguen los siguientes comportamientos:
a) Cognitivo: Qué saben los ciudadanos y a qué nivel se interesan por la sociedad.
b) Afectivo: Grado de adhesión, rechazo, desinterés o indiferencia por el gobierno, sus instituciones y sus líderes.
c) Evaluativo: Criterio de los ciudadanos acerca del gobierno y la situación en que se encuentran.
Debido al entrecruzamiento de estos elementos, en que se contraponen de manera muy compleja los conocimientos, afectos y valoraciones, resulta bastante difícil aventurarse a hacer pronósticos.
El gobierno para preservar su poder apela al populismo, el voluntarismo y las gratuidades. Todo ello afianzado por el discurso de plaza sitiada, como resultado de la torpeza de los moradores de la Casa Blanca, que con el apoyo de sectores del exilio histórico, aplican una política cubana que no pocos evalúan (en el mejor de los casos) como un sainete de la peor factura.
La elite gobernante ejerce un férreo control sobre todo el quehacer nacional. Mientras, la mayoría de la población vive en la indiferencia, comportándose con un total nihilismo, desinteresada de los asuntos públicos.
Para entender este proceder, hay que buscar sus causas en los acontecimientos ocurridos en toda las estructura del sistema en los tres primeros años de la década del 90 del siglo pasado, cuando el gobierno, por fuertes presiones internas y externas, se vio obligado a hacer una inflexión de su férreo control social, que era posible por su total dependencia de la Unión Soviética, que le proveía de la mayoría de los recursos.
Con la introducción del dólar como moneda de libre circulación (posteriormente sustituido por el CUC) se produce un cambio radical en el comportamiento de los ciudadanos, se subvierten todos los valores y estallan en mil pedazos los ideales y fabricadas referencias de los que algunos ilusos se atrevieron a llamar “la formación del Hombre Nuevo”.
De repente, reflotaron con inusitada fuerza todo un inventario de conductas negativas, que fueron incubadas en el seno de la fracasada sociedad socialista. Se impuso con fuerza alienante todo lo deslumbrante de la criticada sociedad de consumo, para asombro de algunos, disgusto y frustración de otros y la alegría de no pocos.
Después de más de 30 años invertidos en edificar la utópica sociedad colectivista, triunfaron los valores materiales, con toda la fuerza destructiva que generan. Este hecho sacude las destartaladas estructuras del régimen. Sus consecuencias en la población provocan tensiones, que los moradores del bunker, con múltiples artilugios, tratan de disfrazar o en la mayoría de los casos ignorar. Pero tal proceder ha demostrado su poca eficacia.
Uno de los conflictos no resueltos por los ancianos gobernantes cubanos es el de la legitimidad. Desde que tomaron el poder en 1959, se han erigido como la única autoridad reconocida que dicta el curso de la nación, tanto presente como futuro. Todo intento en estos 50 años de irrumpir en sus escenarios y compartir con ellos ese destino manifiesto, no lo han permitido. Por esa osadía, los catalogados como mercenarios, traidores y vendepatrias, han sido represaliados, encarcelados o forzados al exilio.
El desbarajuste de todo tipo que reina en Cuba señala que los que tomaron el poder en 1959 no tienen ninguna legitimidad, porque han suplido la democracia y el Estado de Derecho por un régimen totalitario, que niega todas las libertades y derechos.
La oposición pro-democracia, por su firme voluntad, a pesar de las dificultades y peligros, está presente en esos prohibidos escenarios. El régimen la emprende contra ella y recurre a los procedimientos más sórdidos para reprimirla y pisotear sus derechos, con el solo fin de eliminarla definitivamente. Ello es una prueba irrebatible de la ilegitimidad del actual régimen.
Tan antidemocráticas conductas son las que han hecho que la oposición exista como idea, como proyecto, en una compleja estructura de organizaciones, que a pesar del despiadado hostigamiento del régimen no ha sucumbido. Por tanto, es válido en este caso el refrán: “Lo que no me mata, me hace más fuerte.”
La mayor denuncia a la cacareada legitimidad que dicen representar los actuales gobernantes cubanos es que no han dejado de comportarse como enemigos acérrimos de la democracia y opuestos a todo tipo de libertades, además de violadores contumaces de la institucionalidad política y económica.
Los gobernantes cubanos sacrifican la democracia en nombre de su falsa “legitimidad revolucionaria”, que para todos los entendidos en el Derecho Constitucional, terminó con la promulgación de la constitución de 1976.
Hace 51 años que no se celebran elecciones pluripartidistas en Cuba. El poder permanece en mano de una reducida, ineficiente y gerontocrática elite, que para
preservar su antipopular sistema, se declara guardiana de la legitimidad y no vacila en liquidar todos los intentos de sus opositores, a los cuales su retórica represiva acusa de propiciar inestabilidad. De acuerdo a su concepción, no se le puede dar espacio a nada que pueda alterar el status quo.
Los duros del bunker boicotean los menores intentos de reforma, obstaculizan a todos aquellos que se atreven a hacer pininos democráticos. Los más recientes “discursos colegiados” reafirman la vigencia de su versión del socialismo, su economía centralizada y verticalista. Tal y como están las cosas, es una señal inequívoca de que se mantendrán en sus trece.
Pero aunque manden un mensaje de cohesión, lo cierto es que no pueden sustraerse de una realidad que cada día los atrapa más. Obligados por la crisis económica, han iniciado el desmonte de su Estado paternalista y benefactor, sostenido generosamente primero por la desintegrada Unión Soviética y ahora a duras penas por Venezuela.
Esta situación de falta de recursos propicia apremiantes desigualdades y da lugar a zonas de pobreza. Al ser cada día más deficitarias las fuentes de trabajo, las personas para mal vivir se sumergen en las catacumbas de las ilegalidades, lo que propicia una significativa quiebra de todos los valores.
Todo esto provoca que el discurso movilizativo en torno a los lideres históricos haya sufrido un significativo desgaste. Su proyecto de igualdad y bienestar sufre una quiebra acelerada debido a la generalizada corrupción e ineficiencias de todo tipo. Todo lo cual da pie a que mayoritarios segmentos de la población se desentiendan y no les interese el modelo que de acuerdo al líder histórico, “no funciona”, pero tercamente se aferra en defender y mantener.
Su errático liderazgo se asemeja al sistema sultanístico, por la marcada acentuación del liderazgo personalizado. La legitimidad que dicen representar no les pertenece, la tienen raptada hace más de 50 años.
Una de las tanta excepcionalidades del pueblo cubano es su alta capacidad de simular un apoyo incondicional a ese envejecido liderazgo. Pero cuando los cubanos se sumergen en los oscuros laberintos de la privacidad, cuando están seguros que no hay nadie que los vigile, reflotan las opiniones reprimidas cuando a camisa quitada, dan rienda suelta a su rechazo contra un gobierno que sólo les proporciona penurias, represión y total ausencia de libertades y derechos.
Por tantos años de terror, de ausencia de todo tipo de libertades, con el predominio del embrutecedor discurso único y una homogeneizada conducta social sin otros referentes, la mayoría de la población es más proclive a imponer sus opiniones al diferente que a sostener una conversación en el marco civilizado de la cultura del diálogo. Estas aberraciones han propiciado la proliferación de los criterios impositivos consustanciales a los regímenes de fuerza, como el existente en Cuba, en los que reinan la intolerancia y la exclusión.
ramsetgandhi@yahoo.com
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