viernes, 22 de octubre de 2010

¿POR LOS HUMILDES, PARA LOS HUMILDES?


Por Leonardo Calvo Cárdenas


Boyeros, La Habana, 23 de octubre de 2010, (PD) Desde su nacimiento, ese poder incuestionable e intolerante conocido históricamente como revolución cubana, se presentó como el sendero de los desposeídos y excluidos hacia la libertad, el bienestar y la igualdad largamente soñadas por muchas generaciones. Con esa esperanza de redención definitiva, los cubanos han dedicado a la “revolución” los más grandes sacrificios. Llegamos incluso a renunciar a las libertades fundamentales y a la unidad familiar, renegamos incluso de nuestra fe.

El alto liderazgo prometió el paraíso en la tierra, pero el pecado original fue convertirnos en objeto pasivo de la construcción de nuestro propio destino. El Máximo Líder aseguró que esta era “la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes” y que la prosperidad que alcanzaríamos causaría la envidia incluso del cruel imperio vecino. La fórmula mágica era simple: estatismo extremo en la economía, fidelidad absoluta en política y represión inmisericorde.

El resultado estaba cantado por la lógica y la historia: medio siglo después Cuba es un país de simuladores y escapistas. Hemos pasado de ser una nación de inmigrantes a ser una nación de emigrantes y finalmente llegamos al límite de la extranjerización de los cubanos, quienes buscan otra nacionalidad, aún sin abandonar el territorio.

La inviabilidad congénita del modelo ha liquidado las bases y renglones tradicionales de la economía y llevado la vulnerabilidad económica al punto de ver llegar el dinero y los alimentos del país enemigo, ese con el que dicen estar preparados para iniciar una guerra.

La corrupción bajó de las alturas del poder para hacer metástasis irreversible en cada arteria de la sociedad y en zonas tan sensibles como las estructuras policiales y los sistemas judicial y educacional, con las graves consecuencias éticas y culturales que esto implica.

Medio siglo después de la “gran alborada” de enero de 1959, Cuba es un país mucho más dependiente del exterior que nunca antes. El latifundio estatista acabó incluso con ese tan criticado monocultivo que en épocas pretéritas convirtió a Cuba en la azucarera del mundo y en la perla más preciada de un imperio fenecido.

Mientras esto sucedía para nuestro mal, varias naciones que por sus complejidades y retrasos la tenían bien difícil (Chile, Sudáfrica, China, La India; Brasil, Viet Nam, Angola, por solo citar algunos) han dado pasos trascendentales en su desarrollo para colocarse en lugares privilegiados de la evolución mundial.

Al parecer, lo único que no está en la perspectiva de los gobernantes cubanos es devolver a los ciudadanos sus derechos y espacios económicos, lo cual constituye la única posibilidad de sacar a Cuba del abismo de desolación material y degradación espiritual en que se encuentra.

Estamos en una trampa macabra puesto que el libre desenvolvimiento socioeconómico de los cubanos está en franca contradicción con el propósito único y último de los gobernantes cubanos, a saber: conservar el poder absoluto.

El renacimiento de Cuba implica el hundimiento del totalitarismo. La única solución para la gerontocracia nepotista, corrupta y anticubana, es sumir al pueblo cubano en la miseria y el desamparo y medrar de la desgracia de sus súbditos.

Incapaces de dar solución al grave problema de la vivienda, colocan a los ciudadanos ante la disyuntiva de construir o reparar sus viviendas por medios propios, tarea casi heroica en las condiciones económicas actuales.

A fin de cuentas, el “Estado-Papá” se declara impotente y con esa facilidad que tiene para poner nombres amables a las tragedias que genera, emprende el “redimensionamiento” o la “reestructuración”, lo cual consiste en expulsar a más de un millón de trabajadores (más o menos la quinta parte de la fuerza laboral activa) de la economía y la burocracia improductiva sin haber creado condiciones ni fundamentos eficaces para la reubicación de los despedidos. Inauguramos así una especie de neoliberalismo “socialista” en el cual los trabajadores y sus familias son lanzados al desamparo y además deben aplaudir e incluso estar agradecidos.

Los mezquinos intereses de poder, la insensibilidad e irresponsabilidad que caracteriza a los gobernantes cubanos, los lleva a ofrecer sin sonrojo como únicas opciones a los trabajadores abandonados a su suerte, alternativas para muchos poco asumibles como agricultura mal asalariada, policía o construcción. A esto se agrega una llamada ampliación del “trabajo por cuenta propia”, con una ridícula lista de oficios o actividades incapaces de generar algún nivel de resultado material apreciable y a las cuales pretende cobrar impuestos más que onerosos que harían palidecer de envidia al mismísimo sheriff de Nottingham…Si el asunto no fuera tan grave, movería a risa. El gobierno cubano ha lanzado al pueblo cubano a la indigencia y ahora pretende vivir de los indigentes.

Sin embargo ahí no termina todo. Este proceso se me antoja como una especie de monumento tardío a Il Ducce, Benito Mussolini, dictador fascista de Italia entre 1922 y 1943 (ídolo de la juventud del Máximo Líder para más señas), en tanto reafirma el servilismo corporativo de la única central sindical reconocida, la CTC, la cual debe justificar y respaldar la nueva vuelta de tuerca en el cuello de los trabajadores.

La atrofia cívica y cultural generada por tantos años de opresión totalitaria hace que el pueblo cubano no parezca darse cuenta de la gravedad y las consecuencias inmediatas del nuevo redimensionamiento laboral. Pase lo que pase, la vida ha demostrado que lo único que importa a los líderes históricos de la revolución traicionada es seguir viviendo como hasta ahora. A fin de cuentas, los traumas de hoy terminan por confirmar que la revolución solo ha sido la desgracia de los humildes.

elical2004@yahoo.es

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