
Escrito por Hugo Araña
Matanzas, febrero 9 de 2008
(PD) Es poco frecuente que un alto dirigente de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba), emita una opinión sobre su participación, a comienzos de los 60 en la desaparecida Ediciones El Puente. Fue raro que lo hiciera hace años, aunque muy someramente, la poetisa Nancy Morejón. Pero más extraño fue lo que sucedió en el programa televisivo cultural a cargo del escritor Jesús David Curbelo, cuando el invitado fue nada más y nada menos que Miguel Barnet.
En el programa, al rememorar sus inicios como escritor, Barnet no ocultó sus relaciones con esa editorial. Barnet, al parecer con el propósito quizás de quedar bien con Dios y con el Diablo, catalogó a sus integrantes, que formaron en una forma u otra esta pléyade mayormente de poetas, como “no un grupo, sino sencillamente unos iconoclastas por lo jóvenes que eran”. Según él, por las características que primaron entre ellos y sus obras, no podían detectarse afinidades ideológicas ni literarias.
Hasta ahí fueron las opiniones del entrevistado, que en sí se agradecen, porque que tengamos noticias, es la primera vez que un intelectual cubano de su rango (presidente de la UNEAC) opina sobre este asunto.
Quizás (por qué no) sobre estos jóvenes, ciertas actitudes iconoclastas pudieron incidir no sólo en sus creaciones, sino en sus actitudes personales, producto de esos primeros años 60 que se vivieron en Cuba, donde un cambio político más que radical adoptó posiciones de intransigencia y sectarismo.
Prueba de ello, según Roberto Zurbano en su artículo “Repasar El Puente” (Revista La Gaceta no. 4, 2005) es que los miembros de El Puente se adhirieron fervientemente al Primer Encuentro de Poetas y Artistas, en el año 1960. Pertenecían a la oleada de los tantos jóvenes escritores que en esos años celebraban el proceso revolucionario y creían que las aperturas posibles estarían dispuestas para todos.
Sin embargo, esa actitud de iconoclastas, como aseveró Barnet, creó malestares en aquellos, vamos a denominarles sectarios, que no permitían otras tendencias, a no ser las que ya se avecinaban en el horizonte para la clase artística cubana.
Premisa, que con el tiempo provocó deserciones en unos cuantos o hasta verse por esto o por aquello detrás de las rejas, o convertido en uno más en campamentos de producción agrícola.
Pero en El Puente, dichas deserciones fueron escasas y contadas. En el artículo “Para cruzar sobre las aguas turbulentas”, de Norge Espinosa, aparecido en esa misma revista, se puntualiza que los integrantes de El Puente comenzaron a ser objeto de críticas, a pesar de que “vendrían a ser la avanzada de la primera generación literaria que alcanzaba expresar sus primerísimas ideas en la Revolución.”
Pero todo quedó ahí en esos empeños, a pesar de la serie de publicaciones que El Puente pudo editar, ya cuando lo calificaban hasta de divisionista, que era algo así como un fatal maleficio. El cierre de sus proyectos más las divergencias que se hicieron ostensibles entre ellos incidieron notablemente. A ello se sumaron las influencias de algunos colegas (no se descarta emplear el calificativo de oportunistas), cuando por orientación de la Unión de Jóvenes Comunistas, sacaron casi en contrapartida, el magazín “El caimán barbudo”, cuyo director fue el novelista Jesús Díaz, asesorado por otro escritor, Guillermo Rodríguez Ribera, hoy elevado a la condición de ícono en nuestra Literatura.
Años después a través de un gran jeteé que ni el mismísimo Nureyev pudo ejecutar mejor, Jesús Díaz se convirtió en un sorprendente desertor, como si con esa actitud pretendiera hacer olvidar su pasado comunista y la actitud que asumió contra Ediciones El Puente, sin contar otros asuntos que ahora no vienen al caso.
En cuanto a las opiniones que esgrimió Jesús Díaz sobre El Puente, vea el artículo aparecido en La Gaceta de Cuba, Año V, no. 51, junio-julio, 1966, como contesta a Ana María Simo, donde opinó: “Fue la editorial, empollada por la fracción más disoluta y negativa de la generación actuante. Fue un fenómeno erróneo política y estéticamente. Hay que recalcar esto último, en general eran malos como artistas.”
De todos modos, desaparecida Ediciones El Puente y fallecido en 2002 allá por Madrid su creador José Mario, quien con todo lo bueno y lo malo que pudiera achacársele por cierta intransigencia en su carácter, que hasta provocó la separación de algunos de sus miembros, hoy, aquí, en Cuba, muchos (porque los conozco), no guardan ningún resentimiento contra aquellos jóvenes, sino que por el contrario, atesoran celosamente cuadernos de esa Ediciones que nunca prestan y sí las muestran, lo hacen con mucho reparo, como si fueran prendas de valor incalculable, vestigios de unos años bellos y revueltos, impregnados de sueños que para algunos se convirtieron en pesadillas.
Esos sueños les fueron destruidos al ser o adoptar la posición, cómo opinó Barnet, de iconoclastas, que las autoridades culturales de entonces (Edith García Buchaca, Mirtha Aguirre, y compañía), consideraban un peligro para el proceso político implantado en la Isla.
Para terminar, me remito a tres versos de la poeta Isel Rivero, integrante de El Puente, en su poema “La marcha de los hurones”, donde quizás como una promisión de lo que sucedería después, patentiza: “No nos ha sido dada la conformidad/No nos ha sido dado el optimismo/ Prevemos la decadencia en pleno renacer. ¿Habrá que ser demasiado inteligente para descubrir los subtextos yacentes en ellos?
***Revísese el libro titulado “Polémicas culturales en los 60”, de Graziela Pogolotti, segunda Edición Letras Cubanas, 2006, págs. 367-383.
malecun@yahoo.es
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