lunes, 7 de febrero de 2011

¿Qué hay de nuevo en “Casa vieja”?




Escrito por Luis Cino Álvarez


Arroyo Naranjo, La Habana, 3 de febrero de 2011


(PD) Supongo que a muchísimos cubanos les pasó lo mismo: ver la película “Casa Vieja”, del realizador Lester Hamlet, me largó muy deprimido. No es raro. En menor o mayor medida, me ocurre eso con casi todas las películas cubanas de los últimos 25 años. Incluso con las comedias que pretenden reírse de nuestros males. O abochornarnos a nosotros por ser tan miserables humanos en lugar de fulminar con las verdades dichas sin ambages a los culpables de tanta miseria humana.

Para su película en el año 2010, Lester Hamlet quiso actualizar -¡dale con la palabrita!- la obra teatral de Abelardo Estorino de 1964 que tanto problema le trajo entonces. No fue porque la obra de Estorino se atreviera a decir demasiado. En realidad, en la Cuba de los años 60 casi todo traía problemas. Ahora en canciones, películas y libros, es más fácil aparentar que se dice y en ocasiones, va y hasta se dice.

Es lo que pretendió hacer Lester Hamlet en su relectura cinematográfica de Casa Vieja: hacer que dice. Pero a juzgar por lo que declara, para él fue mucho más. Según el realizador, la película “habla desde la historia de la historia y cuenta verdades sin tapujos, desnuda sus miedos con valentía”.

Casa vieja da a Lester Hamlet, siete años más joven que la obra teatral de Estorino, ocasión para, según dice, “escudriñar, hallar y sugerir”. Sobre todo eso: sugerir. Cada vez con mayor frecuencia escucho a muchos creadores cubanos afirmar que el arte que sobrepasa los límites de la sugerencia, deja de ser arte. No sé si será cierto, pero seguro es que es más saludable para los artistas a la hora de tratar con censores y comisarios.

Casa vieja está llena de excelentes actuaciones (Adria Santana, Yadier Fernández, Alberto Pujols, Daisy Quintana, Isabel Santos, Manuel Porto) y de símbolos, muchos de ellos demasiados manidos en la cinematografía cubana de las dos últimas décadas: El hijo que vuelve de la diáspora, la madre, el homosexual, el enfermo que agoniza, la decadencia del poblado, las paredes sin repellar, las tablas podridas de la cerca del patio, las calles sucias, la mujer pendiente de la pacotilla, los pioneritos que juegan en la calle…

El símbolo más reiterado es la bandera cubana. En la pared, la gorra, el parabrisas del carro. Pero no basta el orgullo patriótico por sí solo. Como en “La anunciación” de Enrique Pineda Barnet y en otras películas cubanas recientes, la familia es lo más importante, lo único que nos puede salvar, parece ser la moraleja primaria en “Casa vieja”. Aunque el único modo posible de reconciliarnos sea a través del llanto a moco tendido por todo lo que fue, lo que ya no es y lo que definitivamente no pudo ser.

En una escena en la funeraria azotada por la lluvia, para el espanto de la madre, que quiere cerrar puertas y ventanas, el personaje de Esteban (Yadier Fernández), como el teniente Conde desde un techo de Mantilla en una de las novelas de Leonardo Padura, clama rabioso por un ciclón que arrase con todo.

Pero no hay que asustarse. Ahí está la madre para mantener las cosas en su sitio. No es casual que a la hora de deshacerse de la ropa del difunto, sólo conserve, con emoción, su gorra de miliciano.

Recientemente un colega calificó la película “pan comido”, “ambigua y empobrecedora”. Fue demasiado severo al juzgarla. Por lo menos, ambigua no es. La moraleja secundaria de “Casa vieja” es favorable a eso que todavía llaman “la revolución”. O al menos, a su pasado. Aunque Esteban no haya dejado despedir el duelo al secretario del Partido. Así y todo.

luicino2004@yahoo.com

Foto: Marcelo López

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