Cuba actualidad, Jaimanitas, La Habana, (PD) Jacomino y su esposa Mabel tenían planificado un viaje a la capital desde el mes de octubre. Como conocen las dificultades históricas del transporte público, reservaron con tres meses de antelación dos pasajes y medio: Su hija Mabelita, de cuatro años, iba por fin a conocer La Habana. Jacomino es jefe comercial de la Empresa Mayorista en Guantánamo, y Mabel, inspectora de calidad de Pan y Dulces.
Ya con los pasajes en la mano respiraron tranquilos. Cuando llegó por fin el día del viaje, prepararon todo desde bien temprano. El tren Guantánamo-Habana tiene hora de salida a la 1:30 de la tarde, pero desde las 9 de la mañana Jacomino llamó un taxi a domicilio.
Cuando dieron las 10, Jacomino comenzó a impacientarse. Llamó nuevamente a la empresa, pero siempre daba ocupado. A las 11 sacó las maletas para la calle, cerró la casa y comenzó a hacerle señas a los carros que pasaban. Vive en el reparto Isleta, alejado del centro de la ciudad, y los vehículos que circulan por la zona son tractores y camiones recolectores de basura.
A las 12 del día Jacomino estuvo seguro de estar en serios aprietos. Tomó a la pequeña de la mano y se echó al hombro la maleta. Mabel cargó el otro equipaje y un bolso con las vituallas imprescindibles para viajar con niños. Casi a la 1, lograron alquilar un auto que los llevó a la terminal de trenes.
Cuando llegaron al ferrocarril se encontraron con la angustiosa sorpresa de que ya habían cerrado el acceso a la plataforma, aunque el tren aún no había partido. Jacomino y Mabel comenzaron a gritar para que les abrieran la puerta, pero el custodio les dijo que lo establecido era chequear los boletines con una hora de antelación.
Le explicaron varias veces al custodio el chasco del taxi y la necesidad que tenían de realizar el viaje, intentaron sensibilizarlo con la niña, le rogaron que les abriera la puerta, pero el individuo continuó dando paseítos por el andén, repitiendo que lo establecido era "chequear una hora antes de partir".
El tren dio largos pitazos anunciando la partida. Entonces Jacomino se irritó y comenzó a golpear la puerta de hierro con furia, pero solo consiguió dañarse la mano. Pateó la puerta mientras injuriaba al custodio y en la arremetida se le rompió un zapato. El custodio se alejó al extremo opuesto del andén para no escucharlo. El tren se puso en marcha lentamente y se perdió de vista.
Dice Jacomino que en ese instante sintió un extraño apoderamiento que lo hizo reaccionar de manera inusual. Cargó nuevamente la maleta y le pidió a Mabel y a la niña que lo siguieran. En el parqueo de la estación encontró un auto particular y le ofreció una buena suma para que los llevara hasta el entronque de Carrera Larga, a 10 kilómetros de Guantánamo, donde el tren acostumbra a realizar una parada para recoger el correo.
En Jutinicú alcanzaron al tren y lo pasaron, así que llegaron a Carrera Larga con tiempo suficiente para explicarle la situación al empleado del correo. Pero ese día había solo un bulto postal que recoger y cuando esto sucede no hace falta que el tren se detenga, solo aminora la marcha para que lancen el paquete por la puerta abierta del expreso.
No obstante, por la radio el empleado solicitó al maquinista que hiciera una breve parada, mínima, pero suficiente para que los tres subieran a un coche y consiguieran realizar por fin el añorado viaje.
Ahora Jacomino tiene una mano enyesada y no tiene zapatos. Dice que el tren demoró casi dos días en llegar a La Habana. No había comida, ni agua, ni aire acondicionado, ni siquiera bombillos, pero me relata con satisfacción que alcanzarlo fue una victoria que le ha cambiado la vida.
Para Cuba actualidad: frankcorrea4@gmail.com
Foto: Aleaga Pesant
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