lunes, 10 de noviembre de 2014

Cuatro poetas y un déspota

Cuatro poetas y un déspota

349_lucas-del-castillo-juan-izaguireCuba actualidad, Santos Suárez, La Habana, (PD) Aparenta nuestra música campesina actual ser la única heredera de los versos rimados de mucha más aceptación en tiempos pasados.
Pero justamente estos versos en pocas frases, tal como las modernas fotografías, hacían valer más que mil palabras los afanes por la libertad y la justicia que han sido el común denominador de sucesivas generaciones en Cuba.
El siguiente episodio no está registrado como tal en la historia cubana. Fue un hecho digamos colateral, pero que ha trascendido por su impacto y evocación en el ánimo de la nación, aunque actualmente sea poco divulgado.
Las situaciones descritas son idénticas a las que se han visto sometidas los naturales de este país durante estas últimas décadas, la aceptación o no del vasallaje o la ideología de los gobernantes, en este caso de España, so pena de quedar estigmatizados, discriminados y separados de la sociedad.
Corría el año 1850 cuando el Capitán General de la isla de Cuba, José Gutiérrez de la Concha, nombró gobernador de la ciudad de Bayamo al Coronel Toribio Gómez Rojo.
El historiador de esta ciudad, José Maceo Verdecia, cuyo libro Bayamo fue texto de lectura de las escuelas públicas, lo describe como un verdadero déspota, soberbio en grado superlativo y áspero en su trato.
Desde el instante en que tomó posesión de su cargo, comenzó a gobernar la ciudad y sus habitantes como si se tratara de un cuartel militar. Sin distinción alguna de clases, ricos o pobres, trataba a todos como soldados sometidos bajo su mando.
Temido, pero odiado y censurado por todos, una de las maneras empleadas para reprobar sus métodos era la aparición de pequeños versos escritos en las paredes de los edificios de la ciudad, sin que nunca, no obstante la vigilancia, se diese con los autores.
Era tal la profusión y la ingeniosidad de estos versos que hasta los propios defensores del sistema reían por lo bajo. Uno de ellos apareció en la propia casa de gobierno, decía: Acertijo: En la ciudad se conoce–tanto a pie como a caballo—pero por su falta de roce—es de su jaca tocayo.
Convencido estaba Gómez Rojo de que aquellos versos provenían de algunos de los más reconocidos poetas de la ciudad, así que astutamente ideó un plan para salir de todos ellos al unísono.
La ocasión se pintaba con la captura y ejecución de Narciso López, aquel general venezolano creador de la actual bandera cubana, cuya intentona libertadora había fracasado.
En toda la isla, olvidándose de sentimientos que componen el galardón más preciado que diferencia los hombres de los animales, el gobierno decretó obligadas fiestas públicas para celebrar tan desventurado suceso.
Así que el Coronel-Gobernador ordenó celebrar un banquete en la sociedad “La Filarmónica” y fueron invitados los cuatro célebres poetas de esta ciudad, Lucas del Castillo, José Fornaris, Ramón Céspedes y Juan Izaguirre Guzmán, con la orden de que no debían oponer excusas o pretextos para justificar su falta de asistencia.
La intención de Gómez Rojo era obvia. Si no asistían tendría el motivo para envolverlos en un proceso y juzgarlos según las leyes coloniales, como desafectos a España.
Llegada la hora del banquete, bien provisto este de comidas y licores, los tres poetas soportaron con estoicismo, aunque llenos de irritación, las puyas más hirientes de los partidarios de la corona española. Así permanecieron sentados sin probar un solo bocado. El ambiente se recalentaba al ver los peninsulares el rechazo de los poetas a participar de la comilona.
Con el ánimo de provocarlos aún más y tener el motivo, Gómez Rojo se levantó de su asiento y con una orden militar, como si estuviera dirigiéndose a soldados y no a civiles les soltó a los poetas,–¡señores, les ha llegado el turno para improvisar!
Era un reto y había que darle contestación a ese desafío. José Fornaris se levantó e improvisó unas octavas reales esquivando en ellas el motivo de la celebración.
Al tocarle el turno a Lucas del Castillo, este con una copa en la mano y mirando a los ojos del gobernador, le largó estos versos: “Cuando en años pasados a Castilla—procuró artero el britano—arrebatarle la preciosa Antilla—un general valiente su cuchilla empuñó—y vitoreando a su rey y su España, en la Cabaña murió—Yo, descendiente soy de ese guerrero—y juro que jamás pongo en olvido—que mi origen español no es discutido—más soy cubano y como lo soy prefiero–¡botar la sangre que mis venas baña!—¡pues no quiero ser inglés ni ser de España!”
Aturdidos se quedaron todos. El gobernador cambió de color, más como los inteligentes versos de Lucas del Castillo reconocían la valentía española en su defensa del ataque a La Habana por los ingleses, sin perder la compostura y con la esperanza de sentirse más halagado, permitió proseguir a Ramón Céspedes, que ya se levantaba para decir sus versos.
Ramón Céspedes consciente del fin que le aguardaba y mirando desafiante al gobernador con voz enérgica le clavó estos versos: “¡Valen mucho los cubanos—en aquesta hermosa Antilla—y aunque se oponga Castilla—ellos serán soberanos!”
Por unos segundos quedaron paralizados y en silencio. Gómez Rojo, cultivador también de la poesía, gritó histérico y fuera de sí: “Aunque se oponga el mismo demonio—todos somos españoles desde Maisí a San Antonio”.
Aquel exabrupto del jefe fue suficiente para que todos reaccionaran insultando y pidiendo la ejecución inmediata de los poetas. El gobernador ordenó la detención de los mismos y su conducción rápida a los calabozos. Ya tenía el motivo para procesarlos. Al menos eso creyó en esos momentos.
Quién sabe que tendría en mente Juan Izaguirre Guzmán. Ramón Céspedes no le dio tiempo a levantarse y decir el suyo. Izaguirre Guzmán era el autor de los epigramas aparecidos en las paredes de Bayamo.
La noticia de la detención se regó por la ciudad. Al otro día amaneció en La Filarmónica el retrato de la reina española Isabel II destrozado a puñaladas. Comenzaron las protestas que llegaron al gobernador de provincia en Santiago de Cuba. Este ordenó el traslado de los detenidos a esta ciudad.
No encontrando causa suficiente para juzgarlos y ejecutarlos por el delito de infidencia, toda vez que se comprobó la provocación de Gómez Rojo motivada por su carácter despótico y vengativo que originó las posteriores alteraciones del orden.
Para evitar que los poetas fueran víctimas de algún atentado, ya que muchos fanáticos españoles consideraban que tenían que pagar por lo que consideraban que era una ofensa al honor de España, el destrozo del retrato de su reina, el gobernador de Santiago de Cuba dispuso que fueran a residir al pueblo de Palma Soriano hasta tanto se calmaran los ánimos.
El gobernador Toribio Gómez Rojo fue relevado del mando posteriormente.
Diecisiete años después, la ciudad de Bayamo y todos sus hijos, incluyendo estos cuatro bardos, participaron de la rebelión de 1868.
El 11 de enero de 1869 los bayameses reunidos en el ayuntamiento decidieron prenderle fuego a su ciudad ante la inminente caída de esta en manos de las tropas de los colonialistas españoles.
Para Cuba actualidad: glofran864@gmail.com
Licenciado Lucas del Castillo y Moreno y Juan Izaguirre Guzmán

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