martes, 23 de diciembre de 2014

La isla sin pescado


356_pescadorCuba actualidad, Guantánamo, (PD) Si algo ha caracterizado al sistema instaurado en Cuba después de 1959, es la reiteración de los absurdos y contradicciones en nuestra vida política y social. Si Ud. tiene dudas lo invito a que haga un recuento a vuelo de memoria: los zapatos plásticos a inicios de los años setenta en un país con calores endemoniados; el uso extensivo e intensivo de las fibras de poliéster y nylon en nuestras ropas; la creación de una zona fronteriza terrestre en un país rodeado de mar; endilgarle el calificativo de traidor a quien defiende los postulados por los que luchó y no los creados por el grupo que se hizo del poder; asegurar que nuestro espacio natural eran los países socialistas de Europa, estando situada Cuba en América; afirmar que se amaba la paz mientras se fomentaba el terrorismo en buena parte del mundo; declarar el carácter socialista de la revolución en 1961 y en 1986 escuchar a Fidel Castro decir que a partir de ese momento sí se iba a construir el socialismo, etc., etc.
Quiero centrarme en otro de los tantos absurdos del mal gobierno castrista.
Siendo Cuba un archipiélago con una vasta tradición de pesca en las costas y bahías, después de 1959 el cubano promedio sólo ha tenido posibilidad de comer pescado de mar si es pescador o familiar de uno, porque reside en una zona costera donde se permite la pesca deportiva o porque puede adquirirlo en el mercado ilegal.
Los gobernantes priorizaron la exportación de los mejores productos cubanos en beneficio del mercado extranjero, entre ellos el pescado, privando al pueblo de productos que ellos sí continuaron y continúan disfrutando; es decir, todo lo contrario de lo que hace un gobierno normal, que exporta lo que no es asumido por su mercado interno.
En su determinación de dominarlo todo, el gobierno de Fidel Castro dispuso también el control de los recursos naturales. Este afán controlador no ha sido sufrido únicamente por los campesinos, quienes no pueden sacrificar su ganado mayor ni dejar de cumplir con la entrega de los productos que les indica el gobierno, sino por toda la población, entre ella los pescadores.
Una de las primeras medidas que dictó el naciente gobierno revolucionario fue crear las cooperativas pesqueras. Al hacerlo, limitó la posibilidad de que cada pescador pescara libremente y también dispuso el espacio donde se podía pescar. Casi de inmediato comenzaron a desaparecer los pargos, chernas, rubias, rabirrubias y cuberas, las sierras, sardinas, agujas y el bonito, los camarones y las langostas, que de productos de fácil adquisición antes de 1959 pasaron a convertirse en productos de lujo, algunos de ellos prohibidos hasta hace muy poco tiempo, como los camarones y las langostas, que ahora pueden ser adquiridos en las pescaderías estatales pero a precios exorbitantes.
El gobierno dispuso que sólo pudieran pescar, en las bahías y determinadas zonas costeras, las personas que estuvieran afiliadas a alguna sociedad de pesca deportiva, limitando al extremo lo que antes era una actividad enteramente libre.
Por aquéllos años el gobierno creó el Ministerio de la Pesca y publicaba una revista titulada Mar y Pesca donde se alababa la creciente capacidad productiva de nuestra flota pesquera.
Lo curioso es que, aunque la producción creció año tras año según las cifras oficiales, los cubanos continuamos sin poder comer productos marinos de calidad, pues estos pasaron a formar parte de la selecta lista de los rubros exportables.
A partir de esas disposiciones el consumo de algún buen pescado se producía muy ocasionalmente en nuestros hogares y casi siempre como consecuencia de un acto ilícito.
En 55 años, en poquísimas ocasiones he visto una buena oferta de pescados en una pesca, la autobiografía de Nelson Mandela titulada “El largo camino hacia la libertad”. dería estatal, y cuando esto ha ocurrido, ha sido a precios sumamente altos. Ni hablar de la posibilidad de comer un enchilado de cangrejos, jaibas o langostas.
Si antes de 1959 fuimos un país abierto al mar, después de 1959 nos cortaron el libre acceso a él con múltiples pretextos.
Hoy la posibilidad de comer un buen pescado se convierte en una fiesta y no precisamente innombrable, porque esa oportunidad tiene por nombres y apellidos: un altísimo costo en dinero y en riesgos.
Desprovisto de la posibilidad de comer carne de res por estar prohibido su consumo, y también de pavo, venado, pollo, conejo y pescado por ser tan escasa su presencia en los mercados, al cubano se le ha impuesto una alimentación donde prevalecen productos experimentales como el picadillo de soya, el ceralac y el picadillo “enriquecido”, cuyas esencias sólo Dios y quienes los elaboran conocen.
Esta precariedad alimenticia quizás sea la causa de la elevada incidencia del cáncer en nuestra sociedad, algo que no mencionan los medios “objetivos y revolucionarios” dependientes del oficialismo.
Vivir en una isla y no poder comer pescado no es sólo otra incongruencia en nuestra cotidianidad o un absurdo, sino una de las más palpables demostraciones del fracaso económico del castrismo.
Para Cuba actualidad: rojequihacfgos@yahoo.es
Un pescador acampa en la costa

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