Martes, 27 de Noviembre de 2012 03:00
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Hace unos días crucé el pórtico de mármol de Carrara del Cementerio de Colón para tomar fotografías de las obras de restauración que allí se ejecutan en algunos panteones. Era una típica tarde de otoño: la temperatura agradable, el cielo nublado, y la suave brisa reforzaban la ya proverbial paz del camposanto habanero.
Me preguntaba si en la tarde de noviembre de 1871 en la que fueron fusilados los ocho estudiantes de medicina, el tiempo estaría tan apacible como aquel día.
Me dirigí hacia el sepulcro de esos desdichados estudiantes, acusados de haber profanado la tumba de un periodista español. Presos primero por una falsa delación, y fusilados tras un juicio sumarísimo y ejemplarizante.
Tal vez nuestra tradición de ejecutar por fusilamiento provenga de aquellas culturas que creen que el condenado debe sangrar para expiar su culpa, pero lo que sí es cierto es que las condenas ejemplarizantes, que culminan en fusilamiento o no, son una modalidad que ha echado raíces en el sistema de justicia de nuestra patria desde el triunfo de la revolución en 1959.
Desde las ejecuciones sumarísimas a represores de la depuesta dictadura de Fulgencio Batista al inicio mismo del triunfo revolucionario, hasta los fusilamientos para prevenir actos como el secuestro de lanchas y aeronaves, o para hacer desistir a los partidarios de la lucha armada de enviar embarcaciones con esos propósitos, pasando por las condenas a excesivos años de prisión a opositores pacíficos y a periodistas independientes, todos, sin excepción, han sido procesos politizados y llevados de la mano del gobierno para crear su efecto ejemplarizante en el momento más oportuno.
Aun sin cuestionar la culpabilidad de todos los acusados en estos juicios, se pudiera decir que todos estos procesos, cuyo fin es sentar un precedente de miedo y castigar con saña cualquier intento de oponerse al Gobierno, son procesos injustos y parcializados, donde el Gobierno, en claro maridaje con la justicia, actúa siempre como juez y parte.
Por eso, la dama de mármol erigida junto al obelisco trunco en la tumba de los ocho estudiantes de medicina debiera ser la patrona de todos los juicios ejemplarizantes, dondequiera que se celebren. Sus ojos destapados, y su balanza desequilibrada es la clara señal de que, aunque los acusados sean inocentes o culpables, sus juicios nunca serán justos.
Para Cuba actualidad: ajuliocesar68@gmail.com
Foto: Julio César Álvarez