EL IMPERIO ESPAÑOL: CIVILIZACIÓN, COLONIZACIÓN Y CONCIENCIA MORAL
Bartolomé de las Casas y la contradicción fundacional de América
Por Faisel Iglesias
La historia del Imperio español en América no puede ser comprendida desde una sola mirada. No fue únicamente una empresa de conquista, saqueo y dominación, como sostiene la llamada Leyenda Negra; pero tampoco fue solamente una misión evangelizadora, civilizadora y cultural, como pretende la Leyenda Rosa. Fue ambas cosas a la vez: una de las empresas civilizatorias más decisivas de la historia moderna y, al mismo tiempo, una estructura imperial marcada por la violencia, la esclavitud, la subordinación política y la explotación económica.
España llegó a América con la cruz y la espada. La cruz proclamaba la dignidad espiritual de todos los hombres ante Dios; la espada imponía el dominio de una monarquía sobre pueblos que no habían consentido ser gobernados por ella. En esa tensión entre evangelización y conquista, entre civilización y sometimiento, entre universalidad cristiana y poder imperial, nace la gran contradicción histórica de la América hispana.
La expansión española trajo consigo elementos indudablemente civilizadores. Fundó ciudades, cabildos, hospitales, iglesias, universidades y sistemas jurídicos que dieron forma institucional a gran parte del continente. La creación de universidades en Santo Domingo, México, Lima y otros territorios americanos demuestra que la Corona no concibió sus dominios únicamente como espacios de extracción económica, sino también como territorios integrados a una visión cultural, religiosa y jurídica del mundo.
La ciudad hispánica fue una creación política y espiritual. En torno a la plaza mayor se organizaban el cabildo, la iglesia, el mercado, la justicia y la vida comunitaria. Allí se estableció una forma de civilización urbana que todavía define el rostro histórico de América Latina. La lengua española, el derecho, la tradición municipal, la educación superior y la cultura católica produjeron una comunidad histórica que, con todas sus contradicciones, constituye uno de los grandes espacios civilizatorios de Occidente.
También debe reconocerse el mestizaje como uno de los rasgos más singulares del mundo hispánico. A diferencia de otros modelos imperiales más rígidamente segregacionistas, la sociedad hispanoamericana permitió, aunque dentro de jerarquías sociales injustas, la mezcla entre europeos, indígenas y africanos. De esa mezcla nacieron nuevas identidades, nuevas culturas y una sensibilidad americana distinta tanto de Europa como de las civilizaciones originarias anteriores a la conquista.
Pero nada de esto borra el drama de la conquista. La llegada española significó para muchos pueblos indígenas guerra, desposesión, trabajos forzados, destrucción de estructuras políticas propias y una catástrofe demográfica agravada por enfermedades, explotación y violencia. A ello se sumó la esclavitud africana, que constituye una de las mayores contradicciones morales de una civilización que predicaba la igualdad espiritual de los hombres ante Dios mientras aceptaba la servidumbre de millones de seres humanos.
En medio de esa contradicción aparece una figura extraordinaria: fray Bartolomé de las Casas. Su importancia no reside únicamente en haber defendido a los indígenas, sino en haber introducido dentro del propio mundo hispánico una crítica moral radical contra los abusos de la conquista. Las Casas no habló desde fuera de España ni desde fuera de la cristiandad; habló desde el corazón mismo de la tradición cristiana española. Por eso su testimonio resulta tan decisivo.
Las Casas sostuvo que los indígenas eran seres humanos plenamente racionales, dotados de dignidad natural, capaces de vida política, de propiedad, de gobierno y de fe. Rechazó la idea de que pudieran ser tratados como inferiores por no compartir la religión, la lengua o las costumbres europeas. Para él, ninguna evangelización podía ser legítima si se imponía mediante la violencia, el miedo o la esclavitud. La fe, para ser verdadera, debía nacer de la persuasión y no de la espada.
Su defensa de los indígenas constituye uno de los momentos más altos de la conciencia jurídica y moral del siglo XVI. En una época en que otros imperios no se preguntaban siquiera por los derechos de los pueblos sometidos, Las Casas obligó a España a mirarse en el espejo de su propia contradicción. Si el cristianismo proclamaba que todos los hombres habían sido creados por Dios, entonces ningún imperio podía convertir a los indígenas en instrumentos de trabajo, botín de guerra o simples vasallos sin derechos.
La controversia de Valladolid, donde Las Casas debatió frente a Juan Ginés de Sepúlveda, representa un acontecimiento único en la historia imperial. Allí no se discutía solamente la política colonial española; se discutía la naturaleza misma del ser humano, el fundamento del derecho natural, los límites morales de la conquista y la legitimidad del poder sobre pueblos no europeos. La pregunta de fondo era inmensa: ¿puede una civilización considerarse superior y, en nombre de esa supuesta superioridad, dominar a otra?
Las Casas respondió que no. Su pensamiento anticipó, aunque todavía dentro del lenguaje teológico de su época, principios que después serían esenciales para la doctrina moderna de los derechos humanos: la dignidad universal de la persona, la ilegitimidad de la violencia como medio de conversión, el derecho de los pueblos a conservar su libertad natural y la obligación moral del poder político de someterse a la justicia.
Por eso el Imperio español debe ser juzgado en toda su complejidad. Fue capaz de producir conquistadores, encomenderos y esclavistas, pero también produjo a Las Casas, a Francisco de Vitoria y a la Escuela de Salamanca. Es decir, dentro de la misma estructura imperial que oprimía, nació una de las primeras grandes críticas jurídicas y morales al imperialismo. Esa es una singularidad que no debe ignorarse.
España fue, entonces, civilizadora y colonizadora. Civilizadora porque fundó instituciones, ciudades, universidades, formas jurídicas, una lengua común y una cultura mestiza de alcance universal. Colonizadora porque impuso su dominio mediante la fuerza, subordinó pueblos, explotó recursos y mantuvo estructuras sociales profundamente desiguales. Progresista porque produjo una reflexión temprana sobre la dignidad de los indígenas y los límites del poder imperial. Reaccionaria porque no fue capaz de convertir plenamente esa reflexión moral en una organización política fundada en la libertad del ciudadano.
Desde la perspectiva del Pacto Social Posmoderno, la gran insuficiencia del Imperio español consistió en que reconoció al indígena como alma que debía ser evangelizada, incluso como ser humano protegido por el derecho natural, pero no llegó a reconocerlo plenamente como sujeto soberano de poder político. España pudo afirmar que el indígena tenía dignidad ante Dios; pudo incluso admitir que tenía derechos naturales; pero no construyó una república donde cada persona fuera fuente originaria de legitimidad política.
Ahí se encuentra la diferencia esencial entre civilización imperial y soberanía ciudadana. La civilización imperial puede educar, evangelizar, fundar ciudades y universidades; pero mientras el poder nazca de la Corona, del Estado o de una abstracción colectiva administrada por élites, el individuo seguirá siendo destinatario del poder, no su origen. El paso verdaderamente moderno consiste en reconocer que el soberano no es el imperio, ni la monarquía, ni el Estado, ni siquiera una masa abstracta llamada pueblo, sino cada ciudadano concreto, dotado de dignidad, derechos inalienables y capacidad constituyente.
Bartolomé de las Casas se acerca a esa intuición cuando defiende la humanidad plena de los indígenas. Sin embargo, su época no podía todavía formular la soberanía ciudadana en los términos que después aparecerían en la tradición constitucional norteamericana, en el “We the People”, y que en Cuba encontrarían resonancia superior en Varela, Agramonte y Martí. Las Casas fue, por tanto, una conciencia profética: no destruyó el mundo imperial, pero abrió una grieta moral dentro de él.
Esa grieta sigue siendo fecunda. Nos permite comprender que la historia de España en América no puede reducirse ni al crimen ni a la gloria. Fue una historia trágica, creadora, contradictoria y fundacional. De ella nacieron pueblos nuevos, lenguas compartidas, culturas mestizas, instituciones duraderas y también heridas profundas que todavía atraviesan la memoria americana.
La tarea del pensamiento histórico no consiste en absolver ni condenar de manera simplista, sino en comprender. Y comprender el Imperio español exige aceptar que en él convivieron la universidad y la encomienda, el cabildo y la esclavitud, la catedral y el látigo, la evangelización y la conquista, Las Casas y los encomenderos, la dignidad proclamada y la libertad negada.
En esa contradicción nació América Latina. Y quizás su destino histórico dependa todavía de resolver aquello que el Imperio español dejó inconcluso: transformar la dignidad reconocida del ser humano en soberanía efectiva del ciudadano.