miércoles, 29 de abril de 2026

Un día como hoy, Abril 29, en nuestra lucha contra el castrismo.

Un día como hoy, Abril 29, en nuestra lucha contra el castrismo.

Dedicado a aquellos que dicen que en Cuba no se combatió el comunismo.

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PROHIBIDO OLVIDAR.

1959

Julio Fernández Riquer teniente del Ejército Constitucional de Cuba pre-Castro originalmente sentenciado a 30 años de prisión por un Tribunal Revolucionario en la ciudad de Pinar del Río. Todos los jueces fueron detenidos posteriormente como contrarrevolucionarios y fue condenado a muerte sin nuevo juicio. Después de sufrir un infarto en prisión y no poder caminar, lo ataron a un poste y lo ejecutaron. Julio era el segundo de los once hijos de Mateo Fernández Torres, quien había sido teniente del ejército independentista al mando del general Pedro Betancourt.

[Some of the following sources report the date of death as 4/29/1959: Ruíz, 1965, pp. 90, 243 and 240.  Beruvides, 1993, p. 114 and 165. United States Information Agency, 1993, Year 1959. Cuban American National Foundation, Quilt of Fidel Castro's Genocide, 1994. / Archivo Cuba]

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Un tribunal revolucionario condenó a la pena de treinta años de prisión al teniente del ejército Pedro Creme, quien había sido jefe del puesto militar de Jiguaní, durante la dictadura. El Tribunal de Apelación de Bayamo, Ie confirmó la sentencia pero un tercer tribunal de REVISION, anuló el fallo y lo condenó a muerte. A las pocas horas era ejecutado sin que el sentenciado conociera la modificación de su sentencia.

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Angel María Clausell García sargento de la Policía Nacional. Había sido condenado a treinta años de prisión, pero la noche antes de ser trasladado a la cárcel de Isla de Pinos, lo sacaron de su celda y lo ejecutaron por fusilamiento.

[Source: Written testimony of son; Written testimony of cousin, Memorial Cubano, Miami, 22 February 26, 2006, and February 18, 2007. Written and telephone testimony of another cousin, February 7, 2005. Ruíz, 1965, p. 240. Beruvides, 1993, p. 103. / Archivo Cuba]

1960

Raúl García Menocal Fowler miembro de la Brigada 2506 de exiliados cubanos que intentó liberar a Cuba del comunismo en la Invasión de Bahía de Cochinos con el apoyo del gobierno de los Estados Unidos (CIA). Fue una de 10 víctimas fatales de una odisea de 16 días en alta mar (19 de abril a 5 de mayo de 1961) por un grupo de 22 que escapó de Cuba en el barco pesquero 'Celia' de 20 pies al haber fracasado la invasión. Doce sobrevivientes fueron rescatados por el buque de carga estadounidense Atlanta Seaman cien millas al sur de la desembocadura del río Mississippi; dos murieron poco después. Rául había estudiado leyes en la Universidad de La Salle, jugaba muy bien béisbol y era nieto del presidente cubano Mario García Menocal.

[Source: Testimony of Perlita García Menocal Fowler (sister), 23 December 1997. E.Bovo, Brigade 2506 Association, 2011. / Archivo Cuba]

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Miembros de la oposición al régimen castrista prendieron fuego a la puerta de la oficina provincial del Partido Socialista Popular (comunista). situada en la calle de Estrada Palma esquina a Maceo, en la ciudad de La Habana. Los daños fueron de consideración aunque no se registraron desgracias personales.

1963

 Los alzados Pedro Ramírez Artiles, Humberto Sagarribay y Lorenzo Trujillo García mueren en combate en el Guayabo, provincia de Camagüey.   

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El insurgente Sergio Iglesias Hernández muere en combate contra las tropas castristas en Jagüey Grande, provincia de Matanzas.

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La guerrilla dirigida por Raúl Ramos Ramos (Monono) ataca la Unidad de Policía de San José de los Ramos causándole 3 muertos y dos heridos. Los insurgentes tuvieron un muerto y dos heridos.

1964

El delator Alberto Delgado Delgado, conocido como “el hombre Maisinicú” es ajusticiado por la guerrilla al mando del jefe guerrillero José “Cheíto” León. Delgado fue quien traicionó a la guerrilla de Julio Emilio Carretero haciéndole creer que los iba a sacar del Escambray hacia los EU en una embarcación que resultó estar tripulada por agentes del régimen.

1985

 Juan Barrientos es fusilado en La Cabaña. Barrientos estaba herido y sangrando  cuando fue ejecutado.

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El guerrillero Ramón Batista es fusilado en Santiago de Cuba.

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Manuel (Ñongo) Puig y Ofelia Arango, con ellos murió un pedazo de Cuba

(Ofelia falleció hace varios años en Miami)

Por Ninoska Pérez Castellón

Murió Ofelia Arango. Como a tantos cubanos, le tocó morir en el destierro, lejos de su amada Cuba. Fue madre, esposa, viuda, profesional, hermana, amiga, cubana hasta la médula y sobre todas las cosas, una patriota.

Cada vez que miro la foto de Ofelia y su esposo Manuel Ñongo Puig que aparece en el libro de su primo Néstor Carbonell, And the Russians Stayed, no puedo evitar sentir el daño que el régimen de Fidel Castro infligió a tantos cubanos. Aquella risueña pareja llena de juventud, amor y fe en el mañana, agarrados de mano en la playa de Varadero, jamás pudo imaginar que unos meses después con la llegada a Cuba de una doctrina llena de odio y rencor, sus vidas cambiarían para siempre.

La revolución llegó a Cuba con la fuerza de un vendaval, destruyendo todo lo que encontró en su camino. El paredón de fusilamiento, la represión y los encarcelamientos eran la orden del día en un país que había caído bajo la nefasta influencia de un encantador de serpientes. Pero a Cuba nunca le faltaron hombres y mujeres soñadores. Cuando hay principios y se lucha por un ideal, es difícil sustraerse a las obligaciones. Manuel Ñongo Puig había logrado salir de Cuba y se podía haber quedado en el exilio. Junto a su hermano Rino, casado a su vez con la hermana de Ofelia, Iliana, tomaron el camino más difícil, el de luchar contra la injusticia que prevalecía en su patria, hasta ver a Cuba libre. Activos dentro de la Resistencia, luchando por poner fin a la ola de muerte y represión que arrasó a Cuba a partir de 1959, ambos fueron arrestados. Rino fue condenado a 15 largos años de prisión, y Ñongo infiltró aproximándose la Invasión de Cochinos y junto con Ofelia fueron arrestados y Manuel (Nongo) fue asesinado frente al paredón de fusilamiento un 20 de abril de 1961, mientras Ofelia se encontraba en prisión condenada a 30 años…Es difícil, por un sólo instante imaginar algo así. Las últimas palabras de aquel joven idealista a su esposa antes de morir fueron; “Ofe, tranquila, hay muchos que no saben por lo que mueren, yo si sé que muero por una causa justa y noble.”

Tras aquella hora de infortunio, Ofelia, marchó al exilio con su corazón roto y sus cuatro pequeños hijos, Manuel Enrique, Claudia, Carolina y Mónica. Trabajó, estudió y no se dejó vencer por la adversidad ni por las heridas que jamás se borraron de su corazón. Hoy me pregunto: ¿quién preparó a nuestras madres a enfrentarse a la vida después de la maldita revolución que ha derramado tanta sangre y causado tanto dolor a Cuba? ¿Quién las enseñó a abrirse camino en una tierra extraña, siempre con la frente en alto, siempre con el bienestar de sus hijos como prioridad? ¿De dónde, me pregunto, sacaron las fuerzas estas mujeres para secarse las lágrimas, no quejarse, trabajar duro y trasmitirnos los valores, los ideales y los principios por los que supieron entregarlo todo? Son heroínas, las verdaderas heroínas de nuestros tiempos. Son faro y luz que nos enseñaron el camino con el ejemplo de sus vidas. Nuestro compromiso con la causa por la que lo dieron todo, es ineludible.

En una ocasión Ofelia me llamó tras haber escuchado a un oyente en mi programa radial que abogaba por el mejoramiento con el régimen de Fidel Castro. Me citó las palabras de Voltaire: “Quien es misericordioso con los crueles, termina siendo cruel con los misericordiosos.” Era su forma de decirme, que el hacer concesiones con los victimarios, siempre perjudicaría a las víctimas. “No dejes nunca de hablar de Cuba, no olvides nunca a aquellos que lo dieron todo a cambio de nada y murieron con una estrella en la frente” fue su consejo.

En el 2003, junto a Mirta Iglesias nos dimos a la tarea de recoger testimonios para el Libro Cuba Mía, Ofelia escribió lo siguiente:

“Cuba es mi Patria. Tengo ahora una segunda patria que he aprendido a querer, pero Cuba es mi Patria. Era bella, hermosa, radiante, alegre, suave, acogedora, confiada, inteligente, bondadosa, triunfadora y era libre. En Cuba nací, allí me crié, pasé mi infancia, mi adolescencia, me hice mujer, me casé y nacieron mis cuatro hijos. En ella pasé los momentos más felices de mi vida y también los más dolorosos. Cuando me fui dejé todas mis raíces, todos mis recuerdos, toda una vida y el amor de mi vida Nongo!

Y Pienso en ella siempre. No la olvido nunca. No la puedo olvidar. Sé que algún día volveré, porque ella volverá a ser libre. Y allí en mi Patria descansaré.”

Para quienes fuimos arrancados de niños de nuestro suelo, y hemos vivido nuestras vidas en tierra prestada, a veces los recuerdos son simplemente unas cuantas fotos en blanco y negro. Decía el escritor chileno Alberto Baeza Flores: “La peor desdicha es no poder regresar a lo que se amó un día, al sitio donde se vivió y se fue feliz”. Regreso a la foto en Varadero. Ofelia y Ñongo con sus manos entrelazadas, acariciados por la brisa de un mundo desaparecido. Medio siglo después los veo nuevamente tomados de la mano, de regreso a esa Cuba que tanto amaron y por la que supieron vivir y morir tan dignamente.

Adiós Ofe

martes, 28 de abril de 2026

Un día como hoy, Abril 28, en nuestra lucha contra el castrismo.

 Un día como hoy, Abril 28, en nuestra lucha contra el castrismo.

Dedicado a aquellos que dicen que en Cuba no se combatió el comunismo.

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PROHIBIDO OLVIDAR.

1960

El Gobierno de Guatemala declaró persona no grata al Embajador de Cuba, Antonio Rodríguez Echazábal, por haber intervenido en los asuntos internos del país, fomentando actividades subversivas. AI mismo tiempo rompió relaciones diplomáticas y comerciaJes con el Gobierno comunista de Fidel Castro.

1962

Una organización no identificada de la oposición al totalitarismo castrista que opera en territorio de EU, atacó en la ciudad de Nueva York las oficinas de la agencia oficial del régimen cubano Prensa Latina.

1963

Mario Bravo es fusilado en Matanzas.

1964

El alzado Rolando Martínez (o Martín, según la fuente) Anodia es fusilado en La Cabaña.

1969

 Pedro Ramos es fusilado en San Severino, Matanzas.

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LOS FUSILAMIENTOS EN CUBA

EN PALABRAS DEL SACERDOTE COPROTAGONISTA DE ESTAS FOTOS GANADORAS DEL PREMIO PULITZER 1960

Domingo Lorenzo - ABC, 22 de noviembre de 1962...

La foto que días pasados fue objeto de vivos comentarios en periódicos españoles corresponde ciertamente al cabo del ejército del general Fulgencio Batista, presidente de la República de Cuba, y es de enero de 1959, cuando este cabo, llamado José Rodríguez o “Pepe Caliente”, fue sentenciado a muerte en el castillo de San Severino, en Matanzas. El sacerdote que le está oyendo en confesión en el patio del referido castillo es el que suscribe, padre Domingo Lorenzo, a la sazón párroco en la misma ciudad de Matanzas.

Fue el primer fusilamiento en la ciudad, sin tribunales, sin defensor, sin testigos, y sólo una persona habló, vociferó, gesticuló y sentenció por sí y ante sí; esta persona era el llamado comandante William Gálvez, a la sazón jefe del ejército rebelde en Matanzas. Fue pública la vista, con proliferación de fotógrafos, corresponsales de prensa, pueblo en general, que en medio de gran histerismo, deseosos de venganza, de sangre, ebrios de todo, pedían: “¡Paredón! ¡Paredón!” por todas partes, y eran pocas las personas que en aquel castillo había que no tuviesen un fusil o ametralladora en sus manos, un poderoso revólver al cinto y una canana cruzada desde el cuello al pecho y espalda.

Eran días de desenfreno, desbordamiento de todos los instintos primitivos del hombre-fiera salvaje. Era la revolución de los barbudos de Fidel Castro, que se asienta sobre montañas de cadáveres desde 1953 -cuartel Moncada- hasta hoy, con la consiguiente ruina de la patria esclavizada, destrucción de las familias, de las instituciones, de la economía, de la libertad, de todos los valores morales y virtudes heroicas de aquel país, digno de mejor suerte.


lunes, 27 de abril de 2026

LEONARDO PADURA: EL ROSTRO DE UNA HERIDA INVISIBLE.

LEONARDO PADURA: EL ROSTRO DE UNA HERIDA INVISIBLE.
Por Faisel Iglesias
En la superficie del debate cultural cubano, nombres concretos —como el de Leonardo Padura— aparecen y desaparecen como si fueran el centro del conflicto. Pero no lo son. Son, en el mejor de los casos, figuras de condensación, puntos donde se hace visible una tensión mucho más profunda: la imposibilidad de articular, dentro de un mismo espacio nacional, una ética compartida de la palabra.
El fenómeno no es nuevo, aunque hoy lo encarnen dos puntos de vistas opuestos: Ana Rosa Díaz Vs. Dulce María Sotolongo, que en la Cuba contemporánea adquiere una intensidad particular. El escritor, lejos de ser un mero productor de ficciones, es investido de una responsabilidad que rebasa la literatura: se le exige ser testigo, juez, acusador o redentor. Se le pide, en suma, que encarne una función que en sociedades institucionalmente equilibradas corresponde a un sistema complejo de poderes y contrapesos.
Pero cuando ese sistema no existe —o ha sido absorbido por una estructura monolítica— el escritor queda expuesto a una exigencia imposible: decirlo todo sin pagar el precio de decirlo o, por el contrario, pagar el precio total de una palabra absoluta.
La palabra sitiada
En los sistemas abiertos, la palabra circula. Puede ser refutada, ampliada, deformada o incluso olvidada. Pero rara vez es decisiva en términos existenciales. En cambio, en los sistemas cerrados, la palabra se convierte en un acto de riesgo.
No se trata únicamente de censura, sino de algo más sutil y más devastador: la internalización del límite. El escritor aprende a bordear, a insinuar, a construir un lenguaje donde el silencio es tan significativo como la afirmación. Surge entonces una literatura de la penumbra, una escritura que no dice frontalmente, pero tampoco calla del todo.
En ese espacio ambiguo habita buena parte de la obra de Leonardo Padura. Y es precisamente esa ambigüedad la que genera rechazo en quienes consideran que, frente a la tragedia, solo cabe la claridad moral absoluta.
Pero la exigencia de claridad absoluta, aun siendo legítima en su raíz ética, puede desconocer una realidad fundamental: no todos hablan desde el mismo lugar ni bajo las mismas condiciones de posibilidad.
Dos éticas en conflicto
El desgarramiento del campo intelectual cubano puede comprenderse como el enfrentamiento entre dos concepciones del deber del intelectual.
Por un lado, la ética de la denuncia, que exige nombrar el poder sin matices, sin metáforas, sin mediaciones. Esta ética se alimenta de una tradición moral que encuentra en José Martí una de sus expresiones más altas: la palabra como acto de responsabilidad histórica, como compromiso sin concesiones con la verdad y la justicia.
Por otro lado, la ética de la mediación, que entiende la palabra como un instrumento que debe sobrevivir dentro de las condiciones reales en las que se produce. Esta ética no renuncia necesariamente a la crítica, pero la modula, la codifica, la inscribe en un lenguaje que puede ser leído de múltiples formas.
El conflicto entre ambas no es, en esencia, un conflicto entre verdad y mentira, sino entre formas distintas de relacionarse con el poder y con el riesgo.
La tentación del origen: una explicación insuficiente
Ante la virulencia de esta fractura, surge la tentación de buscar su origen en la historia profunda: en la herencia española, en la experiencia africana, en la influencia de ideologías modernas. Se construye así una narrativa donde la división aparece como un rasgo constitutivo de la cubanía.
Sin embargo, esta explicación, aunque seductora, resulta insuficiente. Las culturas no operan como destinos inexorables. España produjo tanto el absolutismo como el liberalismo; África tanto estructuras tribales como formas complejas de organización política; la modernidad europea tanto la democracia como el totalitarismo.
Reducir el conflicto cubano a una esencia cultural es, en última instancia, renunciar a comprender su carácter histórico concreto.
V. La estructura como destino inmediato
La raíz del problema no está en la cultura entendida como herencia, sino en la estructura del poder. Allí donde el Estado monopoliza los espacios de expresión, donde la legalidad se confunde con la voluntad política y donde la sociedad civil carece de autonomía efectiva, el conflicto deja de ser un desacuerdo y se convierte en una disyuntiva existencial.
En ese contexto, la palabra no es simplemente una opinión; es una posición dentro de un campo de fuerzas. Y cada posición implica costos, riesgos y consecuencias diferentes.
El intelectual que permanece dentro del sistema desarrolla estrategias de supervivencia discursiva. El que se sitúa fuera tiende a radicalizar su lenguaje, no solo por convicción, sino también por la libertad que le otorga la distancia.
Ambos responden a lógicas distintas. Pero cuando se enfrentan, tienden a desconocerse mutuamente, a deslegitimarse, a negarse el derecho a existir como interlocutores válidos.
La memoria de la división
La historia cubana ofrece episodios donde la unidad fue más aspiración que realidad. Las tensiones entre líderes independentistas, las fracturas durante la Guerra de los Diez Años, los conflictos de la República, son parte de una memoria donde la nación se construye en medio de desacuerdos profundos.
Figuras como Máximo Gómez y Antonio Maceo encarnaron momentos de tensión que, lejos de destruir la causa, la obligaron a definirse con mayor claridad, en otras, propiciaron la muerte del proyecto libertario que encarnaba José Marti.
Pero hay una diferencia esencial entre aquellas divisiones y las actuales: en el pasado existía un horizonte compartido de construcción nacional. Hoy, ese horizonte aparece fragmentado, disputado, en ocasiones irreconciliable.
El lenguaje y sus límites
La literatura, por su naturaleza, no está obligada a la claridad política. Su territorio es el de la ambigüedad, la complejidad, la contradicción. Pretender que el novelista funcione como un activista es desconocer la especificidad de su lenguaje.
Sin embargo, en contextos de crisis extrema, la sociedad tiende a exigir de todos sus actores una definición política clara. El resultado es una tensión permanente entre lo que la literatura puede ofrecer y lo que la política demanda.
De ahí surge una frustración mutua: la política percibe la literatura como evasiva; la literatura percibe la política como reductiva.
El odio como categoría política
Más allá de las posiciones específicas, hay un fenómeno que atraviesa el debate: la transformación del desacuerdo en descalificación moral. El otro no es simplemente alguien que piensa distinto; es alguien que traiciona, que miente, que colabora.
Este proceso no es exclusivo de Cuba, pero en el caso cubano se ve intensificado por décadas de polarización estructural. El resultado es la erosión del espacio común, la imposibilidad de reconocer en el otro a un interlocutor legítimo.
El odio, en este sentido, no es solo una emoción; es una forma de organización del discurso político. Y como tal, tiene consecuencias devastadoras: fragmenta, paraliza, impide la construcción de proyectos colectivos.
La lección martiana
Frente a esta fragmentación, la figura de José Martí adquiere una relevancia singular. Martí no niega el conflicto, pero lo integra dentro de una visión más amplia donde la nación es, ante todo, un proyecto ético.
Su pensamiento no se basa en la eliminación del adversario, sino en la construcción de una comunidad donde la diferencia no destruya la posibilidad de lo común. En Martí, la política no es guerra permanente, sino esfuerzo por armonizar intereses, visiones y destinos.
Conclusión: más allá de los nombres
El debate en torno a Padura, como tantos otros, es apenas un episodio en una crisis más profunda: la dificultad de la sociedad cubana para articular un espacio donde la palabra no sea un arma definitiva, sino un instrumento de construcción.
La nación no puede sostenerse sobre la unanimidad forzada ni sobre la fragmentación absoluta. Entre ambas, existe un territorio difícil, frágil, pero imprescindible: el del reconocimiento mutuo.
Quizás la verdadera tarea no sea decidir quién tiene razón en cada polémica, sino reconstruir las condiciones para que la razón pueda ser compartida sin convertirse en condena.
Porque, al final, una nación no se define por la ausencia de conflicto, sino por su capacidad para vivir dentro de él sin destruirse a sí misma.

domingo, 26 de abril de 2026

Un día como hoy, abril 26, en nuestra lucha contra el castrismo.

 Un día como hoy, abril 26, en nuestra lucha contra el castrismo.

Dedicado a aquellos que dicen que en Cuba no se combatió el comunismo.

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PROHIBIDO OLVIDAR.

1961

El preso político Miguel Calderón Espín es asesinado por la guarnición en la prisión Kilo 7 de Camagüey.

1962

Miembros del clandestinaje provocan un incendio en la obra que se estaba construyendo para instalar el Banco Nacional de Cuba en la ciudad de La Habana.

1963

 Andrés Delgado es fusilado en El Condado, LV.

1988

 Luís Andino es fusilado en Cienfuegos, Las Villas.

1991

El preso político Miguel Calderón Espín es asesinado en la prisión Kilo 7 de Camagüey.

2001

Detienen en un intento de infiltración al norte de Las Villas a los residentes de la Florida, Máximo Pradera Valdés (murió en prisión), Iosvanis Suris de la Torre y Santiago Padrón Quintero miembros de las organizaciones "Comandos F-4 y Alpha 66".

2014

Los cubanos residentes de Miami, Raibel Pacheco Santos, Obdulio Rodríguez González, Félix Monzón Alvarez y José Ortega Amador son arrestados en Cuba bajo cargos de atacar instalaciones militares.

[Fuente: El Miami Herald 5/7/2014]

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Sobre la guerra civil en Cuba tras la llegada de Fidel Castro al poder

Arnaldo M. Fernández

El 12 de junio de 1964, el capitán Floro Camacho fue capturado por las milicias de Castro en la cueva natural El Jagüey, entre Yaguajay (Las Villas) y Florencia (Camagüey), casi muerto de hambre y sed. De este modo finalizó un combate que duró cuatro días y marcó el inicio de la debacle de la agrupación guerrillera anticastrista Frente Norte Camagüey-Las Villas.

El combate

El martes 9 comenzaron los enfrentamientos de alzados contrarrevolucionarios al mando de los capitanes Camacho y Frías [Everardo Díaz] contra las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR) y las tropas de los sectores B (Yaguajay) y E (Camagüey) de la Sección de Lucha Contra Bandidos (LCB) del Ejército del Centro, que como resaca de la primera Limpia del Escambray (1960-61) se había oficializado el 3 de julio de 1962 por el comandante Juan Almeida.

Al día siguiente cayeron el capitán Frías y otros guerrilleros, pero algunos lograron romper el cerco y refugiarse en El Jagüey, donde capearon el temporal de bazucazos y granadas de mano. La unidad LCB procedió a minar la cueva natural —último reducto— con más de 150 libras de explosivos. Mal heridos y casi sin municiones, los guerrilleros fueron entregándose, a excepción del capitán Floro, quien terminaría siendo fusilado el 28 de junio junto con su hermano José.

Agonía

El despliegue contra aquel frente copó también a las fuerzas comandadas por Mario Bravo en Blanquizal de Mayajigua, quien resultó gravemente herido al intentar romper el cerco y fallecería el 25 de junio. Los demás serían cazados en la zona de Bella Mota.

El cuero contra los alzados prosiguió con la batida de la partida insurgente de José Martí Campos, alias Campito, cerca de Los Arabos (Matanzas). Por allí mismo caerían enseguida su hermano Juan Benito y Leocadio Rivera, jefes de otras partidas. Igual suerte correría en Los Ramones (Camagüey) el comandante en jefe de aquel frente guerrillero anticastrista, Juan Alberto Martínez Andrade.

Certificado de defunción

Para el 26 de julio de 1965, Fidel Castro largaba en Santa Clara: “De los contrarrevolucionarios solo quedan tres, y no organizados en forma de bandas, sino tres fugitivos”. Así mismo resumió que “295 combatientes revolucionarios perdieron la vida en servicios, en combates contra el enemigo, en accidentes ocasionados por el propio servicio; y fueron capturados en parte, y en parte aniquilados, 2.005 contrarrevolucionarios”.

El historiador Pedro Corzo alega que Castro admitió allí y entonces que la resistencia había causado al gobierno “más de 500 muertes y pérdidas estimadas en 1.000 millones de pesos de la época”, así como que “en el momento de su discurso (sic) todavía permanecían alzados José Reboso y Luis Vargas” . Ambos guerrilleros del Escambray serían capturados a principios de diciembre y poco antes fueron igualmente apresados los últimos alzados en Camagüey: Ningo Montero y Clemente Aragón. Para la jefatura de LCB, la guerra del Escambray había concluido el 11 de marzo de 1964, con la liquidación de la columna de Blas “El Astuto” Tardío en Hoyo del Pinto, y sólo quedaba terminar el papeleo.

Saldos numéricos

El Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado (CIHSE) estima que las pérdidas de vidas humanas “se acercan a las 700” entre caídos en combate, víctimas civiles de los grupos insurgentes —“hubo 299 bandas y unos 3995 alzados”— más otras personas que murieron por diversas razones relacionadas indirectamente con la guerra civil. Al respecto de las operaciones de suministro a los alzados, el Inspector General de la CIA Lyman Kirkpatrick informó: “Alrededor de 151.000 libras de armas, municiones y equipos se enviaron por aire, pero no se lanzaron realmente más de 69.000 libras, pues el resto fue devuelto a la base. Y de estas 69 000 libras por lo menos 46.000 fueron capturadas por fuerzas de Castro, que se apoderaron de diez cargamentos, mientras que nuestros agentes solo pudieron recuperar tres”.

Invasión demográfica

Una vez ganada la guerra civil, Castro aprovechó su siguiente discurso —el 28 de septiembre de 1965 en la Plaza de la Revolución— para soltar: “Creo que es una buena ocasión aquí, en este acto de los Comités de Defensa, reírnos un poco de nuestros enemigos”. Y así jugó una broma colosal a Estados Unidos: Abrir “el puerto de Camarioca, en Matanzas, que es uno de los puntos más próximos, para que todo el que tenga algún pariente le damos permiso para venir en el barco, sea quien sea, con todas las garantías, avisando con tiempo por correspondencia (…) y si quieren, 48 horas de permanencia en el puertecito, para que una vez allí les avisen a los familiares que los vienen a buscar y se los lleven por un medio seguro”.

Esta invasión por mar empezó en octubre y se interrumpió en noviembre, luego de que salieran casi 3.000 cubanos, pero se reiniciaría por aire al principiar diciembre. Más de tres mil vuelos hasta abril de 1973 llevaron 260 mil cubanos más a USA para socavar el anticastrismo militante tanto del insilio como del exilio con ese sentir que viene del Padre de la Patria: “Yo pensé morir por Cuba sin abandonarla, pero ¿si ella me abandona? ¿No tengo entonces derecho a mirar por mí y mi familia sacrificada? [2].

Coda

Al parecer la respuesta es que sí se tiene ese derecho, sin perjuicio del derecho de los líderes opositores a luchar por la libertad y la democracia de un pueblo que por más de medio siglo ha venido demostrando que ni los quiere ni las quiere.


sábado, 25 de abril de 2026

LA REVOLUCIÓN INCONCLUSA Y LA CONTRARREVOLUCIÓN DE 1959 EN CUBA.

 LA REVOLUCIÓN INCONCLUSA Y LA CONTRARREVOLUCIÓN DE 1959 EN CUBA.

Por Faisel Iglesias
La palabra revolución, en su sentido más riguroso, no puede ser utilizada con ligereza histórica ni con indulgencia ideológica. No todo cambio violento constituye una revolución, ni toda ruptura aparente implica progreso. La revolución, en su acepción auténtica, es un proceso de transformación que, aun cuando pueda estar acompañado de violencia, tiene como finalidad esencial remover las trabas estructurales que impiden la libertad del individuo y el desarrollo armónico de la sociedad. Allí donde estas trabas no son destruidas, sino sustituidas por otras más profundas, no hay revolución, sino regresión.
Desde esta perspectiva, el proceso ocurrido en Cuba en 1959 —comúnmente denominado Revolución Cubana— exige ser revisado con rigor conceptual e histórico. No basta con atender a su carácter violento ni a su capacidad de ruptura institucional. Es necesario preguntarse: ¿el cambio producido eliminó las estructuras que limitaban la libertad del ciudadano y el progreso de la nación, o las reemplazó por otras de naturaleza más restrictiva?
La respuesta, desde un análisis jurídico e histórico, conduce a una conclusión incómoda pero necesaria: en 1959 no triunfó una revolución en Cuba. Se produjo, sí, un cambio violento de poder; pero ese cambio no significó la liberación de la sociedad cubana de sus trabas estructurales, sino la implantación de un modelo de Estado y de derecho ajeno a su tradición histórica y al desarrollo civilizatorio del hemisferio occidental.d
I. La noción de revolución: ruptura para la libertad
Toda revolución auténtica se define por su dirección: no por lo que destruye, sino por lo que libera. En este sentido, la historia moderna ofrece ejemplos paradigmáticos. La revolución inglesa del siglo XVII, la independencia norteamericana y los procesos constitucionales que siguieron, no fueron meras sustituciones de élites; constituyeron la afirmación progresiva de un principio: la limitación del poder y el reconocimiento de derechos inherentes al individuo.
En esa línea histórica se inscribe, en el caso cubano, la tradición inaugurada por Ignacio Agramonte y elevada a su máxima expresión moral y política por José Martí. En Agramonte, la soberanía del individuo se manifiesta como fundamento del orden político; en Martí, la República se define como un espacio construido “con todos y para el bien de todos”, donde la dignidad plena del hombre constituye la ley primera.
Esa era, en rigor, la verdadera revolución cubana: una revolución que no llegó a consumarse plenamente, que quedó inconclusa en la historia, y cuyo núcleo no era la toma del poder, sino la construcción de un orden fundado en la libertad, la justicia y el equilibrio.
II. 1959: violencia sin liberación
El proceso de 1959 se presentó a sí mismo como la culminación de esa tradición. Sin embargo, muy pronto se reveló como su negación. La violencia que acompañó el cambio de poder no fue instrumento de liberación, sino de sustitución. Las estructuras que limitaban la libertad no fueron eliminadas, sino reorganizadas bajo una forma más concentrada y sistemática.
El nuevo régimen no se orientó a limitar el poder, sino a expandirlo. No buscó reconocer derechos preexistentes, sino subordinarlos a la voluntad del Estado. No fortaleció la independencia judicial, sino que convirtió al derecho en instrumento de la ideología.
Este proceso no puede ser comprendido sin atender a su raíz doctrinal. El modelo implantado en Cuba no emergió de su tradición histórica ni de la evolución del constitucionalismo occidental. Fue, por el contrario, una trasposición de estructuras políticas y jurídicas provenientes del modelo soviético, el cual, a su vez, no constituía una creación original del siglo XX, sino la transformación de una herencia más antigua.
III. El trasplante de un modelo ajeno: de la Rusia zarista al Estado soviético
La concepción del Estado adoptada en Cuba tiene una genealogía que no se corresponde con la evolución del hemisferio occidental. El sistema soviético, del cual se nutrió el modelo cubano, no puede entenderse sin su antecedente inmediato: la estructura del poder en la Rusia anterior a 1917.
La Rusia zarista, aún en pleno siglo XX, conservaba rasgos fundamentales de organización feudal: concentración del poder, ausencia de controles institucionales efectivos, subordinación del derecho a la autoridad política. La revolución bolchevique no eliminó completamente estas estructuras; las transformó bajo una nueva ideología, pero manteniendo su lógica esencial: la primacía del poder sobre el derecho.
Cuando Cuba adopta ese modelo, no está incorporando una forma avanzada de organización política, sino una estructura que, en términos históricos, representaba un retroceso respecto al desarrollo del constitucionalismo occidental, el cual, desde hacía más de dos siglos, había avanzado hacia la limitación del poder, la separación de funciones y el reconocimiento de derechos individuales.
IV. La contrarrevolución: negación de la tradición cubana
En este sentido, el proceso de 1959 no puede ser definido como una revolución en el sentido histórico del término. Constituye, más bien, una contrarrevolución respecto de la verdadera revolución cubana, aquella que tenía como horizonte la realización del proyecto republicano de Agramonte y Martí.
La contrarrevolución no se define aquí por la defensa del antiguo régimen, sino por la ruptura con la dirección histórica del progreso jurídico y político de la nación. Mientras la tradición cubana se orientaba hacia la afirmación de la soberanía del ciudadano, el nuevo modelo la sustituyó por la soberanía del Estado. Mientras aquella buscaba limitar el poder, este lo absolutizó.
La consecuencia de este proceso fue la inversión del orden natural del derecho: el ciudadano dejó de ser sujeto y se convirtió en objeto; el Estado dejó de ser instrumento y se transformó en fin; la ley dejó de expresar lo justo para convertirse en mecanismo de imposición.
V. La revolución inconclusa
Sin embargo, la historia no se cierra en 1959. La verdadera revolución cubana —la revolución de la dignidad del hombre, de la soberanía del ciudadano, del derecho como expresión de lo justo— permanece inconclusa.
Esta revolución no es un hecho del pasado, sino una tarea del presente y del futuro. No requiere necesariamente de la violencia, sino de la reconstrucción consciente del orden jurídico y político sobre bases distintas: aquellas que reconocen que el poder no es originario, sino derivado; que el derecho no es creación arbitraria, sino reconocimiento de la dignidad humana; que la nación no es propiedad del Estado, sino comunidad de ciudadanos libres.
VI. Síntesis final
La precisión conceptual no es un ejercicio académico estéril; es una necesidad histórica. Llamar revolución a lo que no lo es, impide comprender la naturaleza del problema y, por tanto, su solución.
En Cuba, el proceso de 1959 no constituyó la culminación de la revolución, sino su interrupción. Fue la sustitución de unas trabas por otras, la importación de un modelo ajeno y la negación de una tradición propia.
Por ello, la tarea pendiente no es defender o condenar un episodio histórico, sino retomar el hilo de la verdadera revolución cubana, aquella que, desde Ignacio Agramonte hasta José Martí, concibió la República como un orden fundado en la libertad, la justicia y la dignidad del hombre.
Cláusula de cierre
Cuando un pueblo confunde la sustitución del poder con la conquista de la libertad, la historia se detiene; cuando recupera el sentido de la verdadera revolución, la historia vuelve a comenzar.