Cuba actualidad, Centro Habana, La Habana, (PD) El finalizado carnaval habanero deja un amargo sabor para muchas familias que tendrán que visitar hospitales, cárceles o en los peores casos, el cementerio.
Estos carnavales dejarán, además de cicatrices, el sinsabor de las tristes y descoloridas festividades publicas de una ciudad que viste harapos en lo físico y en lo espiritual, y que jamás volverá a ser como en otras décadas pasadas.
A los bisoños e imberbes héroes del MININT, el orgullo de haber sido capaces de gozar el privilegio de masacrar dignidades y respetos sabiéndose impunes gracias a las gloriosas siglas que los amparan y al desconcierto que causa su presencia a un pueblo amenazado, tembloroso y sumiso.
Este año sí ha recaudado el Ministerio del Interior lo suficiente como para beneficiar con ciertos privilegios a muchos de sus miembros.
Cada noche de carnaval, la segunda unidad policial, cita en la calle Dragones entre Lealtad y Escobar, ha tenido a su haber la posibilidad real de, por el concepto de contravenciones por posesión de armas blancas, mantener a diario en calidad de detenidos a decenas de individuos y someterlos al pago de multas de hasta 3000 pesos.
Imponen las multas sin importar edad, sexo ni raza, sin mirar el cuadro social del sujeto ni las consecuencias que puede acarrear en la vida de toda una familia. Las armas que motivaron las multas, en su mayoría son creadas por la mente criminal del agente actuante. Es ridículo escuchar que alguien es portador de un arma blanca, cuando en muchos de los casos, el arma en cuestión es una cuchilla de afeitar en el fondo de una billetera, un corta-uñas comprado en las tiendas que venden en cuc o una tijerita colgada de un llavero.
La mayoría de los portadores de estas "armas" son jóvenes. No cuestionamos el hecho de que los jóvenes son quienes resultan más conflictivos y son los que en la mayoría de los casos han protagonizado los hechos violentos de estos carnavales caníbales que concluyeron el domingo 18 de agosto.
Como siempre, la prensa oficial no reconoce este fenómeno, que ha dejado secuelas en un pueblo que rechaza hoy por hoy este tipo de fiestas populares que cada vez se tornan más conflictivas. Máxime ahora que por portar una cuchilla de afeitar o una tijerita para la limpieza de las cutículas o recortarse las uñas, puede que nos conviertan en nuevos comisores de delitos, aunque a todas luces, solo podamos arrancarnos un pelo de la barba, como el viejo Jotavich, o acariciar, cual Freddy, terroríficamente los cristales.
Para Cuba Actualidad: lizama1961@gmail.com
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