Si Cuba pudiera llamarse de otra forma, "Martí" se llamaría porque él como nadie, antes ni después, logró despertar en el alma del cubano, la fe en un destino superior.
Martí fue en aquellos años de derrota, el guía oportuno y acertado, el político conciliador y fecundo, el revolucionario razonador y pragmático que cantó a la esperanza y convocó a la magna empresa de la independencia nacional.
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