CUANDO EL ESTADO DEJA DE EXPLICARSE A SI MISMO.
Lectura crítica de Teoría posmoderna del Estado y el Derecho, de Faisel Iglesias
Hay libros que se escriben para ordenar un campo del saber y libros que se escriben porque ese campo ya no logra explicarse a sí mismo. Teoría posmoderna del Estado y el Derecho, de Faisel Iglesias, pertenece claramente a esta segunda categoría. No nace para reforzar consensos académicos ni para tranquilizar a los defensores del orden establecido, sino para interrogar —con una mezcla poco frecuente de rigor teórico y lucidez literaria— las bases mismas sobre las que se ha construido la idea moderna de Estado, Derecho y soberanía.
La obra se presenta, en apariencia, como un ensayo de teoría política y jurídica. Sin embargo, una lectura atenta revela algo más ambicioso: estamos ante un análisis civilizatorio del poder, una crítica profunda a las grandes narrativas que durante siglos legitimaron la obediencia política y que hoy muestran signos evidentes de agotamiento.
Una estructura que piensa, no que compila
Uno de los mayores aciertos del libro es su estructura. Iglesias no comienza por el Estado, sino por el ser humano. El punto de partida no es la institución, sino la persona como sujeto moral y político. Esta decisión no es retórica: establece desde el inicio una jerarquía conceptual clara. El poder no precede a la dignidad humana; es su consecuencia. Allí donde muchas teorías del Estado comienzan describiendo aparatos, Iglesias comienza delimitando límites.
A partir de ese fundamento, el libro introduce su concepto rector: la soberanía no es una abstracción colectiva ni una propiedad mística del Estado, sino una realidad plural que reside en cada ciudadano concreto. Esta tesis —el soberano es el ciudadano— no se formula como consigna, sino como conclusión lógica de un recorrido histórico y filosófico cuidadosamente construido.
El tránsito por las distintas concepciones del Estado y del Derecho —Roma, el mundo germánico, los pueblos indígenas de América Latina y el Caribe, África— no responde a un afán enciclopédico. Cada capítulo funciona como un espejo crítico que permite comprender que la forma moderna del Estado no es la culminación natural de la historia, sino una opción civilizatoria entre otras posibles. El lector no asiste a una cronología, sino a una comparación estructural de modelos de poder.
Derecho, poder y la fractura de la legitimidad
Uno de los núcleos más incisivos del libro es su crítica a la identificación moderna entre legalidad y legitimidad. Iglesias muestra cómo el Derecho, nacido históricamente como límite al poder, terminó convirtiéndose en su lenguaje más sofisticado. La ley dejó de proteger al ciudadano frente al Estado y comenzó, en muchos contextos, a proteger al Estado frente al ciudadano.
Este diagnóstico resulta particularmente relevante en el momento histórico actual, marcado por democracias formalmente intactas pero socialmente erosionadas. El libro ofrece una clave interpretativa potente: no asistimos a una crisis accidental de la democracia, sino al agotamiento de una concepción abstracta de la soberanía que vació de contenido real a la ciudadanía.
La crítica no se limita a Occidente. El análisis de las tradiciones indígenas y africanas cumple una función teórica central: demostrar que es posible pensar el orden político sin soberanía abstracta, sin Estado separado de la comunidad y sin Derecho reducido a técnica de dominación. Lejos de idealizar estas tradiciones, el autor las incorpora como racionalidades alternativas que interpelan directamente al constitucionalismo moderno.
Una propuesta sin panfleto
En la parte final de la obra, Iglesias introduce su propuesta más original: la Constituyente Ciudadana. No se trata de una asamblea revolucionaria ni de una reedición del poder constituyente clásico, sino de una arquitectura jurídica coherente con la idea de soberanía ciudadana permanente. El Estado deja de ser soberano para convertirse en instrumento; la representación deja de ser sustitución y pasa a ser función; la Constitución deja de ser un texto cerrado y se concibe como un proceso vivo.
Este planteamiento evita dos riesgos frecuentes en la teoría política contemporánea: el utopismo ingenuo y el cinismo institucional. No hay llamado a la ruptura violenta ni nostalgia por un pasado idealizado. Hay, en cambio, una exigencia de coherencia entre los principios proclamados por la democracia moderna y sus formas reales de ejercicio del poder.
Un libro incómodo y necesario
Desde el punto de vista literario, Teoría posmoderna del Estado y el Derecho se distingue por una prosa ensayística clara, sobria y precisa. Iglesias escribe con la conciencia de que el lenguaje no es un mero vehículo neutro del pensamiento, sino una forma de poder. Su estilo rehúye tanto el tecnicismo estéril como la retórica grandilocuente, logrando una rara combinación de densidad conceptual y legibilidad.
Este no es un libro cómodo. Interpela al jurista, al politólogo y al ciudadano común. Cuestiona la fe en el Estado como solución automática y obliga a repensar la relación entre Derecho, poder y dignidad humana. Precisamente por eso, su valor excede el ámbito académico: es una obra escrita para un tiempo de crisis, cuando las categorías heredadas ya no alcanzan para comprender la realidad.
En un contexto marcado por la desafección política, la tecnocratización del poder y la reducción del ciudadano a dato, Teoría posmoderna del Estado y el Derecho propone una idea simple y radical a la vez: la soberanía no se delega ontológicamente, no se extingue con el voto y no habita en abstracciones. Permanece —aunque se la niegue— en cada ciudadano.
Ese recordatorio, formulado con rigor teórico y sensibilidad literaria, convierte a este libro en una de las aportaciones más relevantes al debate político-jurídico contemporáneo en lengua española. No ofrece refugio intelectual. Ofrece, como todo buen ensayo crítico, un espejo. Y la imagen que devuelve no es cómoda, pero sí necesaria.

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