domingo, 25 de enero de 2026

LA CONSTITUYENTE CIUDADANA COMO FORMA POLÍTICA DEL SIGLO XXI.

LA CONSTITUYENTE CIUDADANA COMO FORMA POLÍTICA DEL SIGLO XXI.


Por Faisel Iglesias


1. Sentido y función de la Constituyente CiudadanaLa Constituyente Ciudadana constituye la forma política y jurídica mediante la cual el pacto social posmoderno se hace efectivo. 


No se trata de un mecanismo coyuntural ni de una variante técnica del poder constituyente clásico, sino de una transformación profunda de su fundamento filosófico, ético y político. En ella, el poder constituyente deja de concebirse como una potestad excepcional, activada únicamente en momentos de crisis o ruptura, y se reconoce como una facultad permanente que reside en los ciudadanos en cuanto sujetos soberanos.


La Constituyente Ciudadana no es un evento aislado ni un acto fundacional cerrado, sino un proceso político-jurídico continuo mediante el cual la ciudadanía organiza, controla y actualiza el orden constitucional sin perder su condición soberana. Su finalidad no es concentrar poder, sino evitar su captura; no es sustituir al ciudadano por nuevas élites, sino restituirlo como sujeto originario y último de legitimidad.


2. Ruptura con el poder constituyente clásico a diferencia de las concepciones modernas del poder constituyente —herederas del contractualismo ilustrado europeo— la Constituyente Ciudadana no parte de la idea de una transferencia originaria de soberanía desde los individuos hacia una entidad abstracta denominada Estado. 


En el modelo clásico, el poder constituyente actúa una vez, se clausura y se deposita en instituciones que pasan a hablar en nombre del pueblo.La Constituyente Ciudadana parte de un presupuesto radicalmente distinto: la soberanía no se delega ni se extingue, sino que permanece de manera continua en el ciudadano, quien conserva su condición de autor último del orden jurídico-político. El pacto no crea la soberanía; la presupone y la organiza.


Esta diferencia no es meramente terminológica. Mientras el poder constituyente clásico tiende a sacralizar el momento fundacional y a clausurar la participación ciudadana posterior, la Constituyente Ciudadana afirma la permanencia del poder soberano como condición de legitimidad. El orden constitucional deja de ser una estructura cerrada y se convierte en un marco revisable, controlado y éticamente orientado.


3. La Constituyente Ciudadana como proceso y no como rupturaLa Constituyente Ciudadana no se funda en la ruptura violenta, la imposición ideológica ni la victoria de una facción. Se funda en el consentimiento consciente, libre y verificable de ciudadanos dotados de igual dignidad. Su lógica no es revolucionaria en el sentido destructivo, sino restitutiva: devuelve al ciudadano el lugar que le fue expropiado por el Estado moderno.


En este marco, el poder constituyente deja de ser un acto único, cerrado y sacralizado. Se transforma en un proceso abierto, controlable y revisable por la ciudadanía. La Constitución ya no aparece como un texto intocable que clausura la soberanía popular, sino como un instrumento vivo subordinado a su finalidad ética: garantizar la dignidad humana y limitar de manera efectiva el ejercicio del poder.La participación ciudadana no se reduce a la ratificación formal de un texto constitucional. Cada ciudadano interviene en cuanto titular de soberanía, no como parte de una masa indiferenciada. La participación se extiende al debate público, al control de los órganos constituidos y a la evaluación continua del orden constitucional.


4. Representación política bajo soberanía ciudadanaLa Constituyente Ciudadana no elimina la representación política, pero la redefine radicalmente. Los representantes no sustituyen la voluntad soberana del ciudadano ni la absorben, sino que la articulan bajo mandato expreso, limitado y revocable. La autoridad representativa deja de ser autónoma y se subordina a mecanismos efectivos de control ciudadano.


La legitimidad de los órganos constituidos no deriva exclusivamente de la legalidad formal, sino de su vinculación real y permanente con la ciudadanía soberana. Cuando esa vinculación se rompe, la legitimidad se extingue, aunque las formas jurídicas permanezcan.


Desde esta perspectiva, el Estado aparece claramente subordinado. No es sujeto constituyente, sino objeto constituido. No es fuente de legitimidad, sino estructura funcional al servicio de los acuerdos ciudadanos. El Estado existe en la medida en que cumple su función instrumental; cuando se autonomiza, se sacraliza o pretende erigirse en 

soberano, rompe el pacto social y pierde legitimidad política y jurídica.


5. La Constituyente Ciudadana frente a la crisis contemporáneaLa Constituyente Ciudadana ofrece una respuesta concreta a la crisis del Estado moderno. Frente a la pérdida de soberanía provocada por la globalización, la tecnificación del poder y la digitalización de la política, restituye al ciudadano un espacio real de decisión. 


Frente a la despersonalización de la vida pública, devuelve centralidad a la persona. Frente al Derecho reducido a instrumento del poder, reafirma el Derecho como expresión ética del pacto social.En contextos de crisis profunda —como el caso cubano— la Constituyente Ciudadana no es una opción teórica más, sino una necesidad histórica. 


Cuando el Estado ha perdido legitimidad, cuando el Derecho ha sido instrumentalizado y cuando la ciudadanía ha sido reducida a obediencia, solo un proceso constituyente genuinamente ciudadano puede reconstruir el orden político sobre bases legítimas, sin reproducir los vicios del pasado.


6. Límites y riesgos de la Constituyente CiudadanaPrecisamente por su centralidad política, la Constituyente Ciudadana no está exenta de riesgos. Reconocerlos no debilita la propuesta; por el contrario, la fortalece académica y normativamente.Uno de estos riesgos es el populismo, entendido como la identificación acrítica entre voluntad ciudadana y decisiones inmediatas sin mediación ética ni jurídica. La soberanía ciudadana no equivale a la imposición de mayorías circunstanciales ni a la negación de los derechos fundamentales. Sin límites éticos claros, la participación puede degenerar en dominación.


Otro riesgo es la manipulación, tanto política como emocional. La apelación directa a la ciudadanía puede ser utilizada por actores organizados para canalizar el descontento social en beneficio propio, sustituyendo una élite tradicional por otra. Sin mecanismos de deliberación informada, control institucional y transparencia, la soberanía ciudadana puede ser capturada.


La desinformación, especialmente en contextos digitales, constituye un riesgo central. La manipulación de datos, la propaganda algorítmica y la polarización artificial pueden distorsionar la voluntad ciudadana y vaciar de contenido el consentimiento. Por ello, la Constituyente Ciudadana exige garantías de información veraz, pluralismo real y alfabetización cívica y digital.Estos riesgos confirman una verdad fundamental: la soberanía ciudadana no es automática ni infalible. Requiere condiciones éticas, jurídicas y culturales para operar legítimamente. La Constituyente Ciudadana no elimina el conflicto ni la posibilidad de error; lo que garantiza es que el poder no se emancipe del ciudadano sin control.


7. Sentido final de la Constituyente CiudadanaLa Constituyente Ciudadana no promete la perfección institucional ni la desaparición del conflicto político. Su valor reside en algo más fundamental: garantiza que los conflictos se resuelvan dentro de un marco en el que el ciudadano sigue siendo soberano y el poder permanece limitado por la dignidad humana.No elimina la política; la humaniza. No sacraliza el Estado; lo subordina. No clausura la soberanía; la mantiene viva.


En última instancia, la Constituyente Ciudadana es la forma política coherente del pacto social posmoderno. Es el mecanismo mediante el cual la soberanía ciudadana se convierte en orden jurídico sin dejar de ser soberanía, el Derecho recupera su función ética y el Estado se redefine como instrumento y no como fin.Con este capítulo, la obra se cierra sobre una arquitectura completa:crítica histórica del Estado moderno, restitución del ciudadano como soberano, pacto social ético y forma constitucional posible para el siglo XXI.

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