viernes, 23 de enero de 2026

Por mano propia

Mi hijo, el infierno y yo

A muchos se los tragó la selva.

Ese lugar huele a lluvia, a fango, a vegetación, a excrecencias humanas a carne putrefacta, a muerte; porque allí la muerte, esa temida señora de negro y guadaña, se puede oler. La playa huele a pescado fresco y a salitre, la cocina de la abuela a azúcar quemada y a comino, la cama de un bebé a violeta y leche materna, el patio de la escuela a azahar y a jazmín, el campo a yerba húmeda y fruta madura, pero esa selva, esa selva porque afortunadamente no conozco otra, huele a muerte.

Es un hedor nauseabundo que se cuela por la nariz y taladra el cerebro.

Al principio pensé que era solo en un tramo, ¡la memoria olfativa es fuerte y se me revuelve el estómago de recordar!, pero no, la peste nos acompañó durante todo el trayecto. Apenas se puede respirar a pesar de tanta vida verde existente. Y es lógico, no podía ser diferente: Estábamos rodeados de decenas de cadáveres en descomposición. Cuerpos inertes testimoniando intentos fallidos de acariciar esperanzas.

Fueron más de tres días atravesando El Tapón que une Colombia y Panamá. Único punto donde se interrumpe la ruta Panamericana; esa increíble red de carreteras, de más de treinta mil kilómetros, que inicia en Alaska y concluye en Argentina. Más de tres días abrazando a mi hijo, presa de terror, y con un solo pensamiento: Llegar a Estados Unidos. En Cuba no se puede vivir. No es secreto para nadie, no es noticia de última hora. No es titular informativo de ningún despacho de prensa. ¡Se sabe hasta en los lugares más recónditos del planeta! El régimen ha convertido el sueño de un mejor futuro en un acto subversivo, en una actividad terrorista. Decenas de jóvenes languidecen en las mazmorras del castrismo solo por exigir democracia.

A Fidel Castro, a quien el 1 de mayo de 1980 durante el éxodo del Mariel, refiriéndose a los cubanos que abandonaron el país dijo «No los queremos, no los necesitamos», se le ocurrió tildar a los que escapan de su régimen de escorias, traidores, apátridas, lumpens, agentes de la CIA pagados por el imperio, y eso precisamente somos para la dictadura. No importa si eres un ciudadano probo, alguien con actitud intachable, si expones tu decisión de emigrar te conviertes en un desecho humano. Mueres en vida, y si por casualidad algo te impide escapar sufres lo que comúnmente se conoce como insilio, o lo que es lo mismo: Te exilian en tu propio país.

Es estar fuera de lugar en la tierra que te vio nacer.

¡Muchos no creen que eso sucede en Cuba y solo les recomiendo estudiar la triste existencia de la escritora Dulce María Loynaz, premio Cervantes en 1992!

¡Vergonzosa afrenta contra una personalidad de las letras mundiales!

Dicen que en una ocasión le sugirieron a Dulce María la posibilidad de emigrar y su respuesta fue brillante: «Que se vayan ellos, yo llegué primero».

Fui una niña ejemplar; estudiosa, que enorgullecí a mi familia obteniendo excelentes calificaciones. Me inculcaron el amor por la revolución y con el tiempo abrí los ojos. La revolución, la doble moral de los corruptos que la dirigen, provocaron tal decepción que irme de Cuba se convirtió en un pensamiento obsesivo.

Nací en cuna obrera; mis padres, ya fallecidos, no eran ni dirigentes, ni diplomáticos, ni se beneficiaron nunca de la dictadura. Ellos vivían de su trabajo, del mísero salario que devengaban: Mamá era cocinera en una escuela primaria y papá manejaba una rastra y viajaba constantemente al interior del país. Ambos muy humildes, muy honestos, muy responsables y esos valores me los inculcaron.

Yo les juré que les iba a dar una vida mejor y no pido ser. Mamá murió de cáncer y el viejo sufrió un infarto meses después. La depresión acabó con su vida.

A golpe de sacrificio, en condiciones paupérrimas, con pésima alimentación, con un transporte público inexistente, viendo a mis padres haciendo malabares para ayudarme en mi empeño, estudié la carrera de mis sueños en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría en La Habana. Soy Ingeniera en Telecomunicaciones, graduada con diploma de honor, fui la mejor egresada de mi promoción, ¿y qué? Tengo un Doctorado en Ciencias Técnicas, ¿y qué? ¿De qué me sirven tantos títulos si el hambre nos estaba matando? Todo lo que me dijeron de niña y adolescente fue mentira. Me prometieron un país modelo regido por un sistema que no abandona a sus semejantes, y todo fue sal y agua.

Fidel Castro, el Pinocho del Caribe, con su odiosa verborrea y pensamiento maquiavélico, nos engañó a todos y no quería que mi hijo creciera entre apagones y carencias, escuchando discursos sin sentido culpando a un bloqueo inexistente de todos la tragedia que hunde la isla y promesa vacías.

Desde el Manifiesto de la Sierra Maestra, dado a conocer en el mes de julio de 1957, comenzaron los embustes de Fidel. Nada de lo que prometió cumplió: Ni restableció la Constitución de 1940, ni realizó elecciones libres y democráticas, ni respetó la libertad de expresión ni eso de que «La revolución es verde como las palmas», porque, y como le convenía, se alió a la Unión Soviética y abrazó el socialismo.

El pueblo creyó en sus embustes y muchos de los que lo apoyaron hoy lo lamentan.

Ver a Francisco de la O, una eminencia de ingeniero, proferir emérito del instituto superior donde estudié, mal vestido, sucio, pidiendo limosnas en el portal de la iglesia de la Virgen del Carmen, alcoholizado, fue el puntapiés final para tomar la decisión de irme de Cuba. El profesor de la O se había jubilado pero la pensión no le alcanzaba ni para los medicamentos para la diabetes que padece, o que padecía, a estas alturas no sé si aún vive. Cuando salí de allá ese genio de las Ciencias Técnicas malvivía gracias a la caridad pública

Francisco de la O, y me duele decirlo, fue uno de los tontos útiles. Le dedicó toda su vida a la revolución, en intentar ser ejemplo del hombre nuevo que pregonaba el asesino del Che Guevara, y cuando ya no le sirvió a los dictadores lo echaron a un lado, como perro sarnoso, a merced de la mala suerte.

La finca propiedad de la dinastía Castro desde el 1 de enero de 1959 se está quedando sin fuerza de trabajo joven, porque todo el que puede, aunque no sea tan joven como yo, se va lo mismo a Estados Unidos, a España, a México, a Burundi, a Islas Salomón o a Cabo Verde.

De Cuba se ha ido hasta la señora Santana de la canción infantil que me cantaba mi abuela para dormirme: «Señora Santana, ¿por qué llora el niño?/ por una manzana/ que se le ha perdido». Pobre señora Santana; se cansó de ver llorar al niño y fue a buscar manzanas allende las fronteras.

Cuesta creer que los cubanos van a Haití, supuestamente el país más pobre de América Latina donde no nos piden visa, a comprar cualquier cosa para venderla en la isla. Es como ver a un ratón saliendo de la casa un pobre. ¡Irónico! Es tanta la miseria que los ratones no entran, salen.

En Cuba, menos la primera rosca del gobierno, menos los Castro y sus secuaces, cualquiera se muere de hambre. El albañil, el plomero, el médico, el científico, el ingeniero, el maestro, las glorias deportivas… Campeones olímpicos y mundiales piden en las calles algo que les impida caer desmayados por el hambre.

No hay servicio eléctrico, no hay servicio de agua potable, te acuestas pensado qué vas a comer al día siguiente, no hay medicamentos, la educación y la salud son verdaderos desastres… En la provincia Artemisa hay un hospital donde los doctores te dan una lista de los medicamentos que necesitas para cuando los consigas comenzar el tratamiento. Todo lo puede adquirir en el mercado negro, donde venden lo que se le roba al Estado, a precios altísimos, con el dinero que envían los familiares desde el exterior. Si no tienes familia o allegados viviendo fuera de Cuba te pueden firmas, en vida, el certificado de defunción. Anita, una vecina mía en Hialeah Gardens, tuvo que mandar todo, ¡literalmente TODO!, para operar a su mamá en el hospital Calixto Garrcía. Ella envió desde el hilo para suturar heridas, sueros fisiológicos, ampollas de anestesia, jeringuillas hasta una suma de dinero, bastante considerable, para «estimular» al team médico. La señora murió, pero a mi amiga le queda el consuelo que hizo todo por salvarle la vida.

Y todavía tienen el cinismo de decir que la salud pública en Cuba es gratis.

La dictadura detesta a los cubanos inmigrantes, pero le encanta, y hasta exige, que envíen remesas para ayudar a los de adentro.

Cuba no produce absolutamente nada, Cuba fue la niña malcriada de los países socialistas y cuando esas naciones cambiaron el rumbo, Fidel se aferró aún más al poder y el país se hunde entre miseria, desperdicios y enfermedades contagiosas. Según estadísticas el 88 % de la población vive en la pobreza; seguramente el 12 % restante incluye a los Castro, a los Díaz Canel, a la familia de los Castro y de los Díaz Canel, y a los amigotes de los Castro y de los Díaz Canel.

Irme de Cuba no fue una opción, me fui de Cuba porque no tenía opción.

Lo vendí todo, lo poco que tenía, hasta la casita que heredé de mis padres, ¡prácticamente la regalé!, compré dos pasajes para Guyana, donde tampoco exigen visas para los cubanos, y cruzar fronteras para llegar a Miami.

¡Creo que si lo tengo que volver a hacer lo pienso dos veces, no tanto pot mí como por el niño!

¡La experiencia en El Darién fue terrible, porque quien entra a ese infierno no sabe si vuelve a salir y el que logra salir lo hace con los pies destruidos, deshidratado o enfermo, sobre todo con neumonía!

El primer gran problema fue el fango; en El Darién llueve constantemente y hubo lugares que nos cubrió hasta las rodillas. Es un lodo denso repleto de insectos que producen picaduras que de tanto rascarse dejan la piel en carne viva viva porque el escozar es insoportable. Es muy fácil decir o aconsejar «No te rasques», pero la picazón no la soporta ni el más estoico de los estoicos. La picazón incita a rascarse, el rascarse deja la piel en carne viva, luego las infecciones, las moscas verdes pululando en un ambiente séptico, la gangrena, la amputación… Varios migrantes llegaron al campamento en Panamá y directamente fueron evacuados con úlceras muy complicadas en las piernas.

Avanzar en esas condiciones es difícil; aunque el fango, si bien, como le dije, fue el primer gran problema, no resultó el peor de los problemas.

La Loma de la Muerte es muy difícil de subir por lo empinado de sus laderas; imagínese camina sobre esas pendientes donde das un paso y retrocedes cinco, donde das un paso y te caes, donde das un paso y te puedes fracturar un hueso.

Por otra parte, los árboles están repletos de serpientes venenosas. Supe de muchas muertes por picaduras. El veneno desbloquea el sistema de coagulación y la persona se desangra. Generalmente la víctima pide que sigan camino y la dejen morir; algunos se fueron abandonando al moribundo a su suerte, otros se quedaron y lo acompañaron en sus últimos momentos de vida. Los que han vivido la experiencia narran escenas desgarradoras.

Vi tumbas rústicas, montoncitos de tierra, marcadas con cruces hechas con ramas de árboles, vi banderas cubriendo esqueletos, o, sencillamente, vi cadáveres expuestos en pleno proceso de descomposición.

Me explicaron algo que supuse: Las banderas cubren cuerpos de personas nacidas en esos países. Vi varias banderas cubanas; creo que tres o cuatro.

¡El Tapón del Darién es sinónimo de tragedia!

Una madre cruzó el Río de la Muerte con sus hijos; el mayor pudo llegar a la otra orilla y ella tenía a su niña en brazos; a pesar de sostenerla fuertemente sujetada la corriente se la arrebató y la niña se ahogó; la madre encontró encontrar el cadáver y llegó a la otra orilla con el cuerpo sin vida y le pudo dar sepultura. La creciente del río, de ese maldito Río de la Muerte, se llevó, de golpe, a un grupo de casi veinte ecuatorianos y es conocido el caso de un haitiano que traía a su bebé, resbaló, el niño cayó por un risco y luego, al ver a su hijito deshecho sobre las piedras, se lanzó él. Los cuentos son tremebundos pero la realidad siempre es más cruel.

La película no es como te la narran, sino como la vives; para palpar la trama hay que se protagonista no espectador. Es muy fácil ver los toros desde la barrera.

Jacinto, médico panameño, ya en el campamento donde llegamos después de cruzar, nos contó que llegó un señor venezolano, de unos sesenta años, con dos niños; le llamó la atención que entre ellos no había ni rastro de parecido, entonces el señor contó que una mujer moribunda se los entregó porque ella no podía dar un paso. La señora murió y el señor pudo cruzar con los niños, no obstante, desconozco qué sucedió después con los pequeños. Le pregunté al doctor panameño y no supo decirme; él solo los recibió, les hizo un examen médico y los entregó a Inmigración.

Loma de la Muerte, el Río de la Muerte… Allá todo se asocia con la muerte. Debería llamarse el Tapón de la Muerte o la Selva de la Muerte. Yo le cambiaría el nombre. ¿Cuántas personas han fallecido intentado cruzar el Tapón del Darién? Estoy segura de que la cifra exacta nunca se va a conocer con exactitud.

Lluvia, fango, serpientes venenosas, fieras salvajes y bandas de narcotraficantes; roban a los migrantes lo poco que tienen y, además, violan a las mujeres. Dicen que son miembros del Cártel del Golfo radicados en Colombia.

Luis Daniel, mi hijito, que en ese momento tenía doce años, nació en el 2010, y yo nos quedamos rezagados. Apenas podíamos caminar y el guía, a quien le pagamos quinientos dólares por ayudarnos a cruzar, no quiso esperar y se adelantó. A pesar de los reclamos del resto de los migrantes, se rehusó a esperarnos, a ralentizar la marcha. Nosotros con nuestra lentitud representábamos pérdida de dinero. Ese delincuente tenía que andar rápido para estar al servicio de otro grupo.

¡Sálvese quien pueda! Negocio es negocio y en medio de la selva no hay empatía, humanidad o solidaridad. El tiempo es dinero y el niño y yo representábamos grandes pérdidas económicas.

Nos quedamos solos y con una sola alternativa: Seguir camino.

Para el niño el viaje fue traumático, ¡pobrecito!

Constantemente me decía: «Mamá, mira un muerto», «Mira, mamá, dos personas muertas»…

Vimos varios cuerpos sin vida, cubiertos o no por banderas, todos en avanzado estado de putrefacción, pero me eché a llorar cuando vi el cadáver de una mujer abrazando al de su bebé. Saqué una toalla de mi mochila, los cubrí a duras penas y le pedí a Dios que los acogiera en su seno.

Caminando y caminando nos sorprendió la primera noche.

La selva de día es oscura por la vegetación tan tupida, de noche es, como se dice, una boca de lobo. Soy una mujer valiente pero la selva de noche ATERRA. En ese maldito lugar sientes que el peligro camina a tu lado. No sabíamos dónde estábamos. Mi hijo y yo vagábamos en un punto del continente americano, conocido como «El infierno verde» y aunque el deseo era avanzar la oscuridad nos lo impedía.

Saqué una hamaca pequeña donde pretendíamos dormir atándola dos árboles, ¡qué ilusa!, pero no nos quedó más remedio que envolvernos en ella, para evitar los ataques de los animales y guarecernos un poco de la humedad, de la lluvia en caso de un aguacero, e intentar dormir.

¿Intentar dormir?

Todavía no sé si fue un noble pensamiento o una idiotez mía. Solo por mi mente ingenua pasó la idea de poder dormir porque pasados unos treinta minutos, en los que no pudimos pegar un ojo, sentimos ruidos, pasos y vimos la luz de una linterna; pensamos en que era otro grupo de migrantes y nos alegramos, pero no; no eran migrantes. Eran cuatro hombres encapuchados, portando armas largas que nos obligaron a ponernos de pie.

Mi niño comenzó a llorar y yo lo abracé; intenté tranquilizarlo mientras veía que el grupo armado volcaba en el suelo nuestras pertenencias.

Teníamos dos mochilas con varias botellas de agua, algo de comida, dos teléfonos celulares y mil seiscientos dólares. Nos dejaron sin nada. Echaron todo en una bolsa, dieron media vuelta y se marcharon… ¡Corrimos con suerte porque no nos hicieron daño, pero se nos unió la tierra y el cielo cuando nos quedamos en medio de la oscuridad sin nada!

Literalmente sin nada: Sin nada de comer, sin agua para tomar, sin un centavo para comprar algo… ¡Solamente teníamos la ropa que llevábamos puestas!

Pensé que el final había llegado, pero me dije que, por mi hijo y por mí, estaba obligada a seguir camino. Decidí Buscar y seguir huellas, si la lluvia nos lo permitía, y avaanzar en línea recta, para quizás, llegar, a algún casería o encontrar a alguien que nos quisiera dar una mano, Tengo fe en el mejoramiento humano, como afirmó José Martí, el más universal de los cubanos.

¿No teníamos comida? Alguna fruta o raíz nos iba a servir de frugal alimento. ¿No teníamos agua? Si algo sobre en la selva del Darién son los ríos, los arroyos, los riachuelos… De hambre no nos íbamos a morir, de sed tampoco. Estuve a punto de decirle al niño lo que tenía que hacer si yo perdía la vida pero espanté la idea… ¡Íbamos a llegar a Estados Unidos! ¡Encomendé nuestros destinos a Dios y seguimos, muy trabajosamente pero seguimos avanzando.

Caminamos, descansamos, caminamos descansamos y la caída del sol nos avisó de la llegada de la noche. Nos acomodamos debajo de un árbol pero no pudimos dormir. Teníamos frío, hambre, sin embargo, nunca perdimos los deseos de llegar. Conversamos para hacer pasar el tiempo. Recordamos anécdotas de la familia, de la escuela, de cuando él nació; le hablé de su papá, asesinado a escasas metros de la casa por tres muchachos, totalmente drogados; lo asaltaron para robarle…

Mi vida no ha sido fácil. Mis padres murieron, mi esposo también. Solo tengo a mi hijo y mi hijo solo me tiene a mí. Él me da fuerzas, porque a veces flaqueo y Luis Daniel, solo con su mirada me da vigor para seguir luchando. Así fue en Cuba y en las entrañas del Darién no fue diferente.

Amaneció, nos lavamos un poco la cara y a caminar se ha dicho.

¡Qué hambre, Dios mío! Tomando pocos de agua se logra engañar el estómago pero no por mucho tiempo.

A media mañana, estábamos desfallecidos, y sentimos voces. Nuevamente el miedo, el terror y nos escondimos. ¿Narcotraficantes? ¿Delincuentes? No, por fortuna no. Estábamos tan atrasados que un grupo de migrantes, que debió salir a cruzar El Darién veinticuatro horas después que nosotros, nos dio alcance.

Era un grupo más numeroso que el nuestro. Había cubanos, ecuatorianos, haitianos, venezolanos, colombianos e increíblemente, vietnamitas, senegaleses, pakistaníes e indios. Más de cuarenta persona, quizás cincuenta. Pedimos, rogamos, imploramos que nos aceptaran, aunque no teníamos un centavo, y el guía accedió. «No puedo dejar abandona a una mujer con su hijo, señora, Vengan con nosotros». Enseguida nos dieron de comer, sardinas en lata y un pedazo de pan, y volví a recordar a José Martí: Tengo fe en el mejoramiento humano.

¡Dios escuchó mis ruegos y nos mandó compañía!

La tercera noche fue menos terrible aunque pasamos tremendo susto. Susto convertido en alegría porque lo sucedido fue un verdadero milagro.

Todos conversábamos en susurro cuando escuchamos los gritos de una mujer. ¿Qué estaba ocurriendo? Martha, de origen haitiano, estaba en trance de parto. Tenía puesto un vestido muy ancho y, al menos yo, no me había dado cuenta de su embarazo. ¡Pobre mujer! Todos nos pusimos a su disposición. El guía sacó una linterna y tres mujeres ayudaron en el alumbramiento. Cortaron el cordón umbilical con un machete. Todo duró menos de treinta minutos. Y si las mujeres ayudaron a Martha, Martha puso de su parte para que todo saliera a las mil maravillas. El niño, hermoso, nació sin problemas. Lloró con tanta fuerza que arrancó una ovación. Se prendió a la teta a mamr y cuando estuvo satisfecho, eructó y se quedó dormidoAlguien propuso que le pusiera por nombre Darién pero ella dijo que lo nombraría Jean Claude, como un hermano suyo.

¡Eso sí no lo imaginé nunca! El nacimiento de una una vida entre tanta muerte.

Algún día Jean Claude sabrá as condiciones de su llegada al mundo y agradecerá a Martha tanta valentía.

A la tarde siguiente llegamos al campamento y tuve sentimientos encontrados: Estábamos a salvo pero sin dinero para seguir viaje.

Le expliqué nuestra situación a Miguel, un oficial de migración y en apenas dos horas se resolvió el problema: A través del MESENGER, de su página de FACEBOOK, le escribí a Graciela, una amiga de la infancia que reside en Miami hace unos diez años, avisándole que le haría una videollamada. Con tantas estafas online si solo le escribo desde un perfil ajeno no me hace caso.

Graciele me envió mil dólares vía WESTERN UNION, a nombre del oficial de inmigración. A ese hombre, otro ángel en nuestra vidas junto a los integrante del segundo grupo que nos encontró cuando mi nió y yo estábamos perdidos en medio de la nada, le voy a estar eternamente agradecida por su ayuda y actitud humana.

«Te voy a ayudar con una condición: Acepta todo como un regalo, no tienen que devolverme nada. Cuando llegues a Miami y trabajes, y te compres un carro, una casa, tengas un buen trabajo, le des estudio a tu hijo, vas a ayudar a quien lo necesite. Esa es la condición. ¿Me entendiste? Ahora escúchame. Cómprate un teléfono, aunque sea barato, un smartphone y saca una línea para estar comunicadas. Ahora por WhatsApp es fácil. Yo les voy a ayudar a llegar a frontera de México con Estados Unidos y luego a llegar a Miami. En mi casa pueden estar todo el tiempo que sea necesario».

De Panamá cruzamos a Costa Rica, luego a Nicaragua, pasamos a Guatemala y finalmente a México. En Tapachula nos dieron un salvoconducto que nos permitía estar en el país solo por setenta y dos horas y en apenas un día llegamos a la frontera con Estados Unidos.

¡Habían transcurrido unas tres semanas desde que salimos de la selva del Darién!

En territorio estadounidense rompí a llorar y le agradecí a Dios el permitirnos estar sano y salvo. Oré por los fallecidos en la travesía, por esas amas que no pudieron cumplir sus sueños y le pedí al Todopoderoso que los acogiera en su seno.

Mi niño y yo sufrimos pero logramos llegar. Dios, y lo vuelvo a invocar, y todos los santos guiaron nuestros pasos y no permitieron que nos sucediera como a otros que se los tragó la selva,

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