Lo que pasa en Cuba no es nuevo, compadre.
No había que ser muy inteligente, ni muy iluminado, ni estar a la altura de Einstein para darse cuenta de que, hace muchos años el desastre se veía venir.
Esto que te voy a contar no tiene relación con el tema de tu nueva novela, pero te lo voy a contar. Y lo recordé porque hace un par de semanas lo estuve conversando con un vecino mío que le pasó algo similar.
Llegué a Miami en 1997. Me monté en una lancha con unos amigos y llegamos sin problemas. Salimos de noche con un GPS y en unas horas tocamos tierra de Florida.
En Cuba yo era mecánico. Siempre por cuenta propia, porque entendí que trabajar para el gobierno era perder el tiempo. Tenía mi carro, un LADA 1500 ruso, manejaba dólares, también hice de taxista llevando a jineteras a los hoteles, llevaba a los extranjeros a buscar putas en la Quinta Avenida de Miramar y por el Malecón… Hay quien dice que no me hacía falta irme de Cuba, pero allá el que no roba compa lo robado y está en constante miedo de caer preso.
En fin, yo que no había estudiado tenía más posibilidades económicas que cualquier universitario.
Es difícil de creer, pero yo mismo lo comprobé, y te lo digo con vergüenza, con el médico que operó a mi mamá en el Clínico Quirúrgico de 26 y Boyeros.
Esto fue en 1994, hace treinta y dos años.
Un día mi mamá sintió un dolor tremendo en la barriga, por el costado izquierdo, y la llevé para el Clínico. Le hicieron unas pruebas, determinaron que el problema era en la vesícula y le operaron de urgencia. Estuvo ingresada como tres días y, por temor a una infección intrahospitalaria, le dieron el alta con el compromiso de llevarla a curar diariamente.
Estando en casa la vieja me comenta que le daba lástima con el cirujano que la operó porque, muchas de las veces sin desayunar, se trasladaba en bicicleta desde su casa en Alamar hasta el hospital… ¡Veinte kilómetros de ida y veinte kilómetros de regreso todos los días de su vida!
«Cuando pasaba a verme, le daba un poco de café con leche y un pedazo de pan con jamón del que tu me llevabas. Me daba tremenda lástima. Se comía todo no con gusto, sino con hambre. Uno se daba cuenta de que la situación en su casa no es buena. Y su esposa también es médico. O sea, en una casa donde viven dos médicos se pasa hambre».
Un científico, un hombre de ciencias, una persona que estudió medicina y luego se especializó en cirugía y, además, era profesor universitario.
Aquello me cayó como una patada en el hígado y quise darle una mano.
En uno de las citas para las curas de mamá compré una botella de ron Havana Club 7 años, conseguí una bolsa de leche en polvo y pude resolver un bono de veinte litros de gasolina.
¡Tres cosas que en cualquier país están a la mano, sobre todo para alguien con un estatus de médico cirujano!
Al terminar la consulta le entregué la botella de ron, la bolsita de leche en polvo y le pregunté si tenía auto.
«Tengo carro, sí. Un Moskvich. Me dieron la oportunidad de comprarlo porque entre 1983 y 1985 cumplí misión en Angola. Pero tengo el carro parado, mi hermano, la gasolina se vende en dólares y dólares no tengo. Yo soy un simple y vulgar médico. Hiciste bien en ser mecánico, porque ser médico en Cuba es una maldición».
Le cambió la cara cuando le entregué el bono de veinte litros de gasolina. No era mucho pero, por lo menos, podía resolver alguito y por unos días olvidarse de la cabrona bicicleta.
¿Tú crees que en un país normal pasa eso?
Yo soy nadie, mi hermano; ni terminé el preuniversitario y, sin quemarme las pestañas solo inventando, tenía más posibilidades que un médico cirujano.
¿Te cabe en la cabeza?
Eso fue en 1994; en 1994 la cosa no estaba como está ahora. La crisis de los noventa en Cuba fueron vacaciones comparado con lo que el cubano de a pie está pasando ahora. La Cuba de hoy no asombra a nadie; el desastre se veía venir.

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