martes, 31 de marzo de 2026

LA FUNCIÓN DE ESTADOS UNIDOS COMO EL IMPERIO DE OCCIDENTE ANTE LA SITUACIÓN DE CUBA.

 LA FUNCIÓN DE ESTADOS UNIDOS COMO EL IMPERIO DE OCCIDENTE ANTE LA SITUACIÓN DE CUBA.


Por Faisel Iglesias


El papel de los imperios en contextos de crisis de legitimidad estatal. Cuba, en este momento, no representa únicamente un problema nacional: constituye un punto de condensación donde convergen el fracaso del Estado ideológico, la crisis antropológica del ciudadano y el agotamiento de un modelo político que ha perdido toda capacidad de autorreforma. Ante ello, la función de Estados Unidos —en cuanto poder hegemónico del siglo XX y actor decisivo del orden hemisférico— no puede ser comprendida en términos simplistas de intervención o no intervención. Debe ser analizada en el marco más amplio de lo que significa un imperio en la historia.


I. Estados Unidos como imperio no clásico


A diferencia de los imperios territoriales clásicos —como Roma o los imperios coloniales europeos— Estados Unidos ha operado, especialmente desde el siglo XX, como un imperio sistémico: un poder que no necesita anexar formalmente territorios para ejercer influencia decisiva sobre el orden político, económico y jurídico global. Su legitimidad histórica no ha descansado únicamente en la fuerza, sino en la articulación de un modelo político basado en el pacto social de raíz cristiana, en el reconocimiento de derechos inalienables y en una tradición jurídica dinámica —el common law— que se presenta como alternativa a los sistemas cerrados y deductivos.


En ese sentido, su papel frente a Cuba no puede ser el de un conquistador ni el de un espectador pasivo. Está situado, históricamente, en una posición intermedia: la de un poder con capacidad de influir decisivamente, pero cuya legitimidad depende de cómo ejerza esa influencia.


II. Cuba como crisis de soberanía


El problema cubano no es únicamente el de un régimen autoritario. Es, más profundamente, la expresión de una ruptura radical entre el individuo y el poder. La soberanía, que en la tradición moderna fue atribuida al “pueblo” como abstracción, ha sido en la práctica apropiada por el Estado, y finalmente concentrada en una estructura de partido único que ha disuelto al ciudadano como sujeto político.


Esto tiene tres consecuencias fundamentales:

1. Desaparición del ciudadano como titular real de la soberanía.

2. Conversión del derecho en instrumento del poder, no en su límite.

3. Imposibilidad estructural de reforma interna, pues el sistema no reconoce fuentes de legitimidad fuera de sí mismo.


En estas condiciones, la crisis cubana deja de ser un asunto interno y se convierte en un problema de orden regional e incluso civilizatorio.


III. La función histórica de Estados Unidos


Frente a este tipo de crisis, los imperios han desempeñado, históricamente, tres funciones posibles:

1. Función de dominación (imposición directa del poder)

2. Función de contención (aislamiento del problema sin resolverlo)

3. Función de articulación (facilitar la transición hacia un nuevo orden)


En el caso de Cuba, las dos primeras han demostrado sus límites:

La dominación directa es inviable política y moralmente en el siglo XXI.

La contención —expresada durante décadas en sanciones y aislamiento— no ha producido una transformación estructural del régimen.


Esto sitúa a Estados Unidos ante una tercera posibilidad, mucho más compleja pero también más coherente con su tradición: la función articuladora.


IV. Articulación de una transición: del Estado al ciudadano


La función articuladora no consiste en sustituir al régimen cubano ni en imponer un modelo externo, sino en crear las condiciones para que emerja un nuevo sujeto político: el ciudadano soberano.


Esto implica, en términos concretos:

Reconocer que la solución no puede venir del Estado cubano, sino de la sociedad civil y del individuo.

Apoyar procesos que devuelvan la soberanía al ciudadano, no a nuevas élites o estructuras abstractas.

Favorecer mecanismos de legitimación directa, como una constituyente ciudadana, que no reproduzca el esquema clásico de “representación de la soberanía”, sino que parta de su titularidad individual.


Aquí es donde el concepto de la soberanía del ciudadana como origen irreductible del poder, adquiere una relevancia estratégica. Porque ofrece una salida que evita tanto el continuismo del régimen como la simple sustitución de una élite por otra.


V. El límite moral y político del imperio


Sin embargo, esta función tiene un límite claro: Estados Unidos no puede convertirse en el sujeto de la transformación. Si lo hace, destruiría la legitimidad del proceso.


El verdadero desafío consiste en actuar sin sustituir, influir sin imponer, y acompañar sin absorber. En términos históricos, esto marca la diferencia entre:

Un imperio que reproduce la lógica de la dominación

Y un poder que contribuye a la emergencia de un orden postimperial centrado en el individuo


VI. Cuba como prueba histórica


Cuba representa, en este momento, una prueba para Estados Unidos como poder histórico.


No se trata solo de política exterior. Se trata de algo más profundo: de si el orden surgido en el siglo XX es capaz de evolucionar hacia una forma en la que el centro ya no sea el Estado ni el imperio, sino el ciudadano.


Si Estados Unidos logra desempeñar una función articuladora —facilitando, sin imponer, la transición hacia una soberanía verdaderamente ciudadana— no solo contribuirá a la democratización de Cuba, sino que estará participando en la configuración de un nuevo paradigma político para el siglo XXI.


Si no lo hace, Cuba seguirá siendo, un espacio de estancamiento histórico… y el imperio habrá mostrado los límites de su propia legitimidad.

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