viernes, 20 de marzo de 2026

Una trampa para ganar tiempo y gestos vacíos

Una trampa para ganar tiempo y gestos vacíos

El plan del régimen para captar inversión de la diáspora y el repliegue diplomático exterior apuntan en direcciones distintas, pero coinciden en lo esencial: no mejoran la situación de los cubanos.

Cubanos toman las calles de la isla en numerosas protestas
Cacerolada nocturna en las calles de Cuba (DIARIO DE LAS AMÉRICAS)

Cuba se hunde en la miseria y la desesperanza. Esta semana, tras otro colapso del sistema eléctrico nacional —el sexto en año y medio—, los apagones alcanzan hasta 15 horas en La Habana y se prolongan durante días en algunas provincias. Mientras, noche tras noche, los cubanos protestan mediante caceroladas y manifestaciones pacíficas en las que ya no solo se reclaman servicios básicos, sino también el fin de la dictadura.

Ante este escenario, y sin margen real para corregir el rumbo, el régimen intentó proyectar una imagen de apertura económica. El 16 de marzo anunció medidas para atraer la inversión extranjera, especialmente de la diáspora. Sin embargo, como advertimos en un editorial, el plan responde más a una necesidad urgente de liquidez que a una verdadera voluntad de reforma. Es, en esencia, un intento de ganar tiempo frente al descontento interno y la presión externa, encabezada por Estados Unidos.

El economista Pedro Monreal señaló que las medidas se sostienen en un “limbo legal”, sin garantías básicas para potenciales inversores. No existe una legislación clara que permita a los cubanos residentes en el exterior ser propietarios o socios de empresas en la Isla, ni mecanismos confiables de protección frente a expropiaciones, resolución de disputas o acceso a financiamiento internacional.

Y es que el problema es más profundo: la estrategia gubernamental parte de intentar reformas parciales en un sistema que requiere ser eliminado. Ninguna medida aislada puede generar un entorno atractivo para la inversión. Para ello sería imprescindible desmontar las restricciones estructurales que asfixian al sector privado, reformar el marco legal, descentralizar la economía y garantizar derechos básicos, tanto económicos como políticos.

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Monreal advirtió además de otro riesgo: la generación de nuevas desigualdades dentro del ya frágil tejido empresarial cubano. Permitir que los emigrados operen como inversionistas les otorgaría ventajas legales y económicas frente a los emprendedores residentes en la Isla, sometidos a fuertes limitaciones. Esta distorsión no solo sería injusta, sino que debilitaría aún más a un sector privado sin peso político ni capacidad de incidencia.

Paralelamente, en el plano internacional, algunas decisiones presentadas como gestos de firmeza frente al régimen cubano, son de una efectividad cuestionable. El cierre de embajadas como la de Costa Rica, o la retirada del personal diplomático de Ecuador, envían señales de desaprobación hacia La Habana, pero no contribuyen a mejorar la situación de los ciudadanos de la Isla.

Como señalamos en otro editorial, retirar la presencia diplomática en Cuba no es un acto de solidaridad, sino una renuncia a ejercer influencia en un momento crítico. En un país donde la sociedad civil, los periodistas independientes, los presos políticos y sus familias necesitan visibilidad y respaldo, la ausencia de embajadas reduce los espacios de interlocución y protección.

Frente a este panorama, la alternativa no es el aislamiento, sino una presencia activa y comprometida con la ciudadanía. Una política exterior capaz de denunciar las violaciones de derechos humanos, la falta de democracia y la ineficiencia del régimen, al tiempo que mantiene vínculos directos con la población. El ejemplo de la misión estadounidense en La Habana demuestra que es posible ejercer presión y acompañamiento desde dentro.

En la Cuba de hoy, la combinación de una crisis estructural profunda, episodios críticos recurrentes y respuestas políticas insuficientes configura un escenario de alta inestabilidad. Más que gestos o medidas parciales, el país necesita desmontar el represivo sistema castrista. Para ello, es importante una política exterior que acompañe a la ciudadanía. El tiempo para actuar se agota, y su coste se mide en el deterioro acelerado de la vida de millones de cubanos.

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