Palabras al ¿ministro? Bruno Rodríguez

¿Canciller?:
Nací, crecí, me desarrollé en un humilde barrio habanero —Santa Felicia, municipio Marianao— interactuando con personas, cuasi familias, sencillas sin ínfulas de superioridad ni aires de sectas pequeñoburguesas.
Correteando, jugando béisbol, a las bolas, a los escondidos, al tintirilata, al burrito veintiuno, empinando papalotes o chiringas, siempre primó el respeto y la decencia. Discutíamos por algún detalle, no obstante, la vida continuaba en total armonía.
Recuerde, ¿canciller?, ante todo, cariño y respeto, por eso me molesta que comparen la actitud barriobajera asumida por usted, y su séquito de execrables palurdos, en la sede de Naciones Unidas con el entorno de cualquier urbe cubana donde pululan supuestos plebeyos.
¡Deberían darse una vuelta por los barrios para tomar lecciones de educación cívica!
¿Un ministro de Relaciones Exteriores a los gritos en las NNUU, comportándose como si estuviera presenciando, por ejemplo, un evento deportivo?
¡Y hay quién aprueba su simiesca proyección!
Lo sucedido no sorprende, ya los dizques diplomáticos cubanos han protagonizado no pocos exabruptos similares; empero, indigna hasta límites insospechados.
Por una parte reconozco el derecho —la palabra DERECHO para ustedes los autócratas no está registrada en el diccionario— a hacer uso de lo establecido por la ONU para regular las intervenciones de los representantes que hacen uso de la palabra; en eso no hay discusión, pero hacerlo de manera violenta o despojados de cualquier vestigio de ética es vergonzoso y cuestionable.
Las verdades duelen, ¿cierto?, y, supongo, que expresadas en un foro internacional debe de ser demoledor y precisamente DEMOLEDORA fue la intervención del embajador de Estados Unidos.
¿Qué les molestó? ¿Las denuncias sobre los lujos de la familia Castro? ¿Los privilegios de la casta Díaz Canel? ¿La exposición, una vez más, muy bien detalladas sobre los desmanes de la dictadura?
En una ocasión la excelsa periodista italiana Oriana Fallaci le dijo a Henry Kissinger: «Desde que se inventó el magnetófono no existe el yo no dije».
¿Entiende lo que le quiero decir?
Lo expuesto por Michael Waltz, «Mike», es como un susurro a viva vocce.
Fidel Castro decepcionó a muchos, me incluyo; Fidel Castro se esmeró en enseñarnos que la primera asignatura para sobrevivir bajo su manto dictatorial es mentir: piensa como quieras pero exprésate como quiero yo, de lo contrario atente a las consecuencias; Fidel Castro nos mostró, me incluyo, el camino del exilio; Fidel Castro intentó borrar el pasado, cercenó el presente y condenó el futuro: dentro del territorio cubano soñar con un porvenir próspero se convirtió en un acto subversivo; Fidel Castro nos dividió, nos instó a envidiar al prójimo porque así se defienden los preceptos revolucionarios; Fidel Castro es el artífice de querer culpar a terceros de su intrínseca mediocridad; Fidel Castro es la simiente del desastre, del calvario de mi gente, porque esa es mi gente, porque a pesar de que salí de la isla hace ya dos décadas SOY TAN CUBANO COMO EL DANZÓN.
¡Fidel Castro y, obviamente, su fascistoide pandilla!
¿Canciller?, me arrobo el derecho de formularle una interrogante: ¿conoce usted la leyenda del trompetista de Napoleón?
Así hemos asumido los cubanos, dentro de la isla y allende a sus fronteras, el enfrentamiento hacia la dictadura que representa; un régimen impuesto el 1 de enero de 1959 que durante casi siete décadas ha sumido a varias generaciones de compatriotas en una catástrofe humanitaria holísticamente aborrecible.
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