domingo, 3 de julio de 2011

Un gesto solidario


Escrito por Oscar Sánchez Madan


Cidra, Matanzas


3 de julio de 2011


(PD) Durante la primavera de este año 2011 ocurrió un hecho que a pesar de ser bastante común en la Cuba actual, me impresionó mucho. Fue algo que dejó en el alma de un hermano de ideas y en mí, una impresionante huella. El ejercicio del periodismo me obliga a contarlo.

Transcurría el mes de mayo cuando junto al joven Yunier Larena Ibáñez, delegado en La Habana del Movimiento Independiente Opción Alternativa, me dirigía a la sede de la Comisión Cubana Pro Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, que preside el licenciado Elizardo Sánchez Santa Cruz. Por encargo de este último, intentábamos actualizar la documentación de un hermano de lucha que se encontraba en prisión.

Ese día salimos y luego de caminar varios cientos de metros, desde la casa de Yunier, llegamos, al fin, a la populosa avenida 31, en el municipio Playa. Sudábamos copiosamente, a pesar de que no eran todavía las diez de la mañana. Mi acompañante, una persona hiperactiva, me llevaba, como decimos en Cuba, 'de la mano y a toda prisa'.

En el punto de embarque donde esperamos el ómnibus había sólo tres personas: un matrimonio cuyos integrantes rebasaban los 40 años y un joven de unos 26, la misma edad de Yunier.

Como este último nos devoraba con los ojos, pensamos y así lo comentamos entre nosotros, que se trataba de uno de los numerosos homosexuales que muchas veces nos acosan con la mirada, antes de declararnos su verdadera intención. Por razones de ética y por ser nosotros fervientes enemigos de la homofobia y observadores de derechos humanos, respondimos, si es que se puede decir así, con la más absoluta indiferencia.

Pero aquel muchacho no nos quitaba la vista de encima. Por un momento pensé que se había encaprichado en Yunier, por ser un joven que pasaba la mediana estatura, corpulento y, según las chicas, bien parecido. Mas me equivoqué, el blanco de su profunda mirada era yo, que comenzaba a sentirme algo incómodo y a variar mi errada idea.

El ómnibus demoraba. Tuve tiempo de reflexionar y controlar mi paranoia, pero sólo hasta un límite. Como por esos días éramos víctimas de una feroz persecución de la policía política, que incluía arrestos arbitrarios y agresiones físicas y verbales, pensé que tal vez, volveríamos a sufrir una de las horribles pesadillas de días atrás.

"No te preocupes", me dijo Yunier, al tiempo que se acercaba a mí con la intención de protegerme. Me había leído el pensamiento.

De pronto, una discreta señal suya me alertó sobre el impetuoso avance de aquel extraño hacia nosotros. Creí que la provocación y tal vez la agresión, eran inminentes. Esperaba ver salir de todas partes, en son de guerra, como en otras ocasiones, al resto de los oficiales del supuesto operativo policial y a las habituales decenas de integrantes de las paramilitares Brigadas de Respuesta Rápida.

Gracias a Dios no fue así. Al estar frente a nosotros, aquel extraño, con voz amistosa, dijo: "Ustedes son de los derechos humanos. Yo los conozco. Los he visto en la iglesia de Santa Rita con las Damas de Blanco".

Al escuchar esas palabras, tragué en seco. No sé si a Yunier le sucedió lo mismo, pero acto seguido expulsé, en un suspiro, toda la tensión acumulada en aquellos breves minutos. Son indescriptibles las secuelas que dejan los violentos actos de repudio organizados y dirigidos por el régimen en la vida de los disidentes y sus familiares.

Sin embargo, cuando uno se encuentra en las calles con personas que te dicen, "sigan adelante, ustedes son nuestra voz, el pueblo les quiere", como también nos dijo aquel muchacho, siente un gran estímulo y se renuevan las fuerzas para continuar la lucha a favor de un cambio pacífico hacia un sistema democrático. Esos gestos solidarios jamás se olvidan.

Foto: Sergio García Argentel

El joven Yunier Larena Ibáñez, con pullover azul y el autor de esta crónica, con pantalón también azul y pullover marrón, al concluir una misa en la iglesia de Santa Rita. La Habana, mayo 2011.

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