Por Frank CorreaPublicado Ayer
Jaimanitas, La Habana, (PD)
Hace poco, un vendedor callejero de confituras me contó que la policía se burló de él en sus narices.
Se llama Luís, emigró de Bayate a La Habana hace diez años y vivió primero en una choza de las llamadas “Llega y pon”, construida con cajas de cartón y retazos de madera. Funcionarios de la Dirección de la Vivienda las derribaban con buldózer todas las semanas, pero Luís y sus vecinos las levantaban otra vez, hasta que los dejaron por incorregibles.
Con los años mejoró la casucha, que ahora es de mampostería y techo de zinc. Ya tiene luz eléctrica y agua, aunque no ha podido conseguir el título de propiedad. Se casó y tiene dos hijos. Para mantener a su familia, ha desempeñado oficios disímiles. Me cuenta que desde hace un año se especializó en la venta callejera de confituras.
Se levanta de madrugada todos los días, viaja en ómnibus hasta la fábrica de chocolate La Estrella, en la barriada del Cerro, donde compra galletas, sorbetos, bombones, africanas, que revende por las calles de Santa Fé.
El fin de año intensificó su comercio clandestino. Quería comprar ropa y zapatos a sus hijos y celebrar las navidades. Invirtió todo su dinero en la compra de mil bombones de chocolate. Salió como todos los días por las calles de Santa Fé, pregonando a viva voz su producto. Al llegar a la altura del barrio El Luz Brillante, un auto patrullero se detuvo a su lado. Un policía con cara de buena gente le preguntó cuánto valían los bombones. Dice Luís que pensó tal vez era un padre de familia, interesado en llevarle golosinas a sus hijos. Le contestó que a dos pesos cada uno, entonces el policía se bajó del auto con cara de malo, le pidió su carné de identidad y la licencia para vender confituras. Como Luís no tenía licencia, el policía le comunicó que aquello era un delito de actividad económica ilícita, le decomisó la mochila con los bombones y se lo llevó a la estación, donde le impusieron una fuerte multa.
Los agentes de la estación se llevaron la mochila con los bombones a una oficina, para examinarla. Al rato, uno salió, dejó caer la mochila en el piso y la pisoteó varias veces, “para que luego no digan que la policía se come los decomisos”. Desapareció nuevamente en la oficina, “para botar los desperdicios en un tanque de basura”.
--¿Ahora qué hago para pagar esta multa?
--No sé --dijo el agente cuando le devolvió la mochila vacía. Masticaba con desenfreno un bombón, se embarraba abundantemente de chocolate la barbilla --. Tendrás que vender más bombones, me imagino, y tratar de que no te agarre la patrulla…
beilycorrea@yahoo.es
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