lunes, 26 de noviembre de 2012


¡PAREDÓN!
Por Hugo J. Byrne

El título de este trabajo tiene que evocar memorias desagradables en los lectores cubanos que sean contemporaneos de un servidor. Probablemente esos recuerdos son duros no sólo para los que oyeran con alarma el grito cobarde, sino también para quienes lo gritaban. Sin duda muchos de esos gritones de antaño hace tiempo se arrepintieron, aunque demasiado tarde.


Al menos sé de uno que se arrepintió. Cuando niño conocí a un sujeto que eventualmente se convertiría en delator. A pesar de mi juventud ya tenía suficiente entendimiento para percatarme de que el individuo no era cien por ciento normal. Sin embargo, sus evidentes rarezas no le impidieron estudiar y hacerse de una profesión. Era Doctor en Pedagogía e inspector de escuelas públicas de un distrito escolar en la provincia de Matanzas. Andando el tiempo, supe que sirvió como testigo de cargos contra unos jóvenes acusados de actividades subversivas hacia el régimen castrista. Algunos de ellos fueron a la estaca de fusilamiento y el resto fue condenado a largos años de prisión.


Casi enseguida el delator empezó a mostrar síntomas inequívocos de paranoia depresiva. Retirado de sus actividades profesionales, sufría delirio de persecución y se volvió un recluso. De repente desapareció y más tarde descubrieron que se había ahorcado.


Es posible que algunos de los lectores desconozcan el origen real de ese grito sediento de sangre, que ofendiera nuestros oídos durante la década del 60. El grito de ¡paredón! se remonta a la época más difícil nuestra primera guerra independentista.


Todo empezó a finales del mes de enero de 1870. En esos días, dos años después de iniciada nuestra primera Guerra de Independencia, había llegado a Cayo Hueso un asturiano editor de un libelo de La Habana colonial irónicamente llamado “La Voz de Cuba”. Gonzalo Castañón tenía además el dudoso honor de comandar una tropa de choque conocida como los “Voluntarios de La Habana”. Este grupo paramilitar no formaba parte del Ejército Español. Tampoco participaba de las acciones de guerra que este último efectuaba, entonces con escaso éxito, contra la insurrección cubana.


La única misión de los “Voluntarios” era reprimir toda persona o actividad que pudiera remotamente considerarse simpatizante a la causa de Cuba libre. Muy pocos entre sus miembros eran nativos de Cuba y su gran mayoría la componían penisulares empleados del comercio de La Habana, el que por esos tiempos estaba casi exclusivamente controlado por españoles.


Este grupo paramilitar había desatado una verdadera ola de terror sobre la ciudadanía habanera, vejando y atropellando impunemente a la población indefensa. A diferencia de las llamadas “Brigadas de respuesta rápida” del castrismo, o la llamada “Guardia Cívica” (“Porra”) de la era machadista, bandas de rufianes al servicio de la represión oficial, esa pandilla era genuínamente voluntaria y sus acciones abusivas y provocaciones no obedecían en general al mejor interés de Madrid.


Castañón era no sólo el mentor de ese grupo, sino su arquetipo. Guapetón y arrogante, el gacetillero utilizaba lenguaje soez y agresivo contra los cubanos nacionalistas, no sólo en sus ensayos de “La Voz de Cuba”, sino personalmente. En uno de sus artículos llegó al extremo de comparar a las mujeres cubanas con vulgares prostitutas. En suma, pudo haber sido la inspiración de Juan Clemente Zenea para su profano soneto “El Español Quijote”.


Sus diatribas provocaron la respuesta de una publicación del destierro, “El Republicano”, de Cayo Hueso. Entre su director, Juan María Reyes y Castañón, se desarrolló un duelo epistolar que degenerara en la proposición de uno real. Cada uno acusó al otro de amparase en la protección oficial.


Eso podía aducirse de Castañón, aunque nó era el caso de Reyes, pues Estados Unidos no sólo era neutral en el conflicto de Cuba, sino que en muchas instancias favorecía en esa época la causa colonial. Consciente de esta desventaja sicológica, pero viendo la posibilidad de un golpe publicitario positivo, Castañón decidió llevar su bravuconería a extremos irracionales, proponiendo un duelo en el mismo Cayo Hueso. Allí se personó acompañado de segundos.


Una vez en esa localidad y para hacer patente su “hidalguía”, Castañón se hospedó en el hotel Russell House, frente al edificio donde se encontraban las oficinas de “El Republicano”. Desde allí desafió a Reyes a que lo visitara. Éste se personó en el hotel, esperando ingénuamente que Castañón discutiera con él condiciones y lugar para un “lance de honor”.


En vez de eso, Castañón, quien en esa época tenía treinta y cinco años de edad, agredió verbal y físicamente al enfermo y mucho mayor Reyes, quien desarmado, no tuvo alternativa a batirse en retirada. Esto provocó la reacción de otro cubano en el destierro del Cayo, llamado Mateo Orozco, quien desde la calle se enfrascara en una intercambio de insultos con los compinches del Director de “La Voz de Cuba”, quienes se encontraban en el balcón del Russell House. Estos desafiaron a Orozco a subir también, para encararlo en persona.


Lo sucedido cuando Orozco respondiera al arrogante desafío, permanece un misterio histórico hasta nuestros días, pues los únicos testigos fueron los participantes de la refriega. Quien haya conocido la ingrata experiencia de un combate a boca de jarro usando armas de fuego, sabe que lo único que se recuerda con absoluta certidumbre es el resultado.


De acuerdo a los amigos de Castañón, éste fue alevosamente asesinado por Orozco. De acuerdo a Orozco, él estaba desarmado cuando irrumpió en la habitación de Castañón, usando el revólver del español al arrebatárselo en medio de un gran forcejeo. Como resultado del combate Castañón fue herido de bala dos veces y expiró a consecuencia de una de esas heridas.


Si a lo que aspiraba Castañón era sólo un golpe publicitario, éste le fracasó totalmente. Si lo que había pensado era humillar con impunidad a un viejo periodista desterrado, no previó la eventualidad de un enfrentamiento con un come-candela como Orozco. En el proceso perdió todo, incluyendo la vida. Por su parte Orozco contó con la ayuda del exilio cubano del Cayo para escapar y refugiarse secretamente en una isla del Caribe, a salvo de las autoridades norteamericanas que lo buscaban por homicidio y de la venganza peninsular. Un hijo de Orozco peleó en la insurrección definitiva por la independencia cubana de 1895.


El cadáver de Castañón fue recibido en La Habana con gran pompa y honrado por los Voluntarios con funerales de héroe. Fue el inicio de una tragedia que culminaría más de un año después en un crimen horrible, cuya culpabilidad nadie disputa.


El crimen al que aludo ocurrió hace casi exactamente 141 años. La ausencia a su clase de un profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad, hizo que varios estudiantes del primer año, esperando por la clase siguiente, se reunieran en el cementerio de Espada y que algunos jugaran con el carro de transportar cadáveres. Se dice que uno de ellos arrancó una flor cercana a la tumba de Castañón.


Los trágicos eventos se sucedieron con velocidad pasmosa. El 25 de noviembre de 1871, Dionisio López Roberts, Gobernador Militar de La Habana, se personó en la Escuela de Medicina acompañado por un séquito de malencarados Voluntarios. Éstos procedieron a llevarse prisioneros a cuatro docenas de estudiantes. Su propósito era identificar cuál de ellos había rayado la lápida de la tumba de Castañón, delito del que supuestamente había sido testigo el celador del cementerio.


Al día siguiente se oyó por primera vez en la historia reciente de Cuba, la fatídica demanda. Desfilando en filas compactas y vistiendo completo uniforme, los Voluntarios de La Habana viciaron el ambiente con su hedor a alcohol y desaseo y su odio lunático hacia todo lo cubano. El grito canalla de ¡Paredón! fue coreado por una multitud integrista de amigos y parientes de los voluntarios, congregada allí con ese propósito. Muchos comercios habaneros cerraron temporalmente sus puertas para permitir a sus dependientes y demás empleados asistir a la patética manifestación.


Mientras esto ocurría en las calles de La Habana, se celebraba el Consejo de Guerra Sumarísimo en base a los “cargos” contra unos cuarenta entre los presuntos “profanadores de tumbas”. A pesar del inteligente y apasionado alegato del asignado defensor, Capitán Federico Capdevila, muchos fueron condenados a diversas penas de prisión. La enormidad de esta injusticia no sació la vesania de los Voluntarios. Demandaban la sangre de los cubanos: ¡Paredón!


Con una arbitrariedad evocadora de lo que haría Castro 88 años después con los pilotos de la antígua Fuerza Aérea Cubana, falsamente acusados de bombardear deliberadamente a la población civil, los Voluntarios de La Habana demandaron un segundo juicio. El 27 de noviembre de 1871, uno de los cabecillas de la pandilla criminal llamado Romualdo Crespo, designó un segundo tribunal, esta vez compuesto casi exclusivamente por Voluntarios: ¡Paredón!


Como no se sabía exactamente quiénes se habían dado cita en el cementerio, después de muy cortas deliberaciones se acordó escoger por lotería a ocho víctimas para sufrir muerte por fusilamiento. Otros treinta recibirían penas de prisión.


¿Por qué ocho? Parece que en un principio el número era menor y que se llegó a esa cifra cómo la mínima que aceptarían los cobardes asesinos uniformados. La edad de los reos por azar fluctuaba entre 16 y 19 años. Los mártires fueron Alonso Álvarez de la Campa, José Marcos y Medina, Carlos A. de la Torre, Eladio González y Toledo, Pascual Rodríguez y Pérez, Anacleto Bermúdez, Ángel Laborde y mi coterráneo Carlos Verdugo.


Este último, quien de acuerdo a viejas fotos aparentaba contarse entre los más jóvenes del grupo, ni siquiera estaba en La Habana el día de la falsa “profanación”, sino en Matanzas, en la compañía de sus padres. ¿Adicionales elementos de juicio? ¿Apelación al infame veredicto? No. Solamente paredón. Esa misma tarde los ocho muchachos fueron alineados contra una pared de la Esplanada de La Punta en el litoral habanero y destrozados a plomo de fusil.


El Castrismo, por genética y por vocación asesina legítimo heredero del más cruel régimen colonial conocido en la Historia de América, aún rige en Cuba. Su uso del “paredón” ha sido y continúa siendo su arma de terror número uno.


Este es un simple recordatorio histórico al exilio cubano y a las personas decentes de todas partes del mundo.

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