Cuba actualidad, Jaimanitas, La Habana, (PD) Cuba, por ser una isla, debería tener en el mar una rica fuente de alimentos. Pero hoy comer del mar es imposible, y un absurdo para los pueblos costeros, que en otros tiempos contaron en su tradición al pescado y a los mariscos como su más preciado estandarte.
Tres leyes han incidido en esta involución: la vida, la naturaleza y el estado.
Con la ley de la vida se marcharon para siempre legendarios pescadores, que pusieron en alto el nombre los pueblos costeros de Cuba. En Jaimanitas, Atila, Pejediente, Los Mallorquines. También los integrantes del equipo de pesca submarina campeón mundial 1954. Y los múltiples capeones de los torneos Hemingway de la pesca de la aguja. Y otros, muertos con menos gloria, pero igualmente artistas del arte de la pesca.
La naturaleza, atacada violentamente por la pereza y el descuido, derivó en unas costas impropias para el hábitat de la fauna marina. Toneladas de basura, el saqueo indiscriminado de la arena para construcciones, las redes furtivas que impiden el movimiento natural de los peces en la reproducción, los huracanes que arrastran inmensas cantidades de piedras al litoral, que luego los organismos encargados de preservar el medio ambiente no se preocupan por la limpieza de la orilla, hechos que atentan contra la estabilidad natural de la población de peces.
El estado, desde el año 1994 cuando se produjo el balseo hacia Estados Unidos, impuso leyes que restringen a cero las nuevas licencias para construir embarcaciones pesqueras particulares. Cada vez es más alta la cuota a pagar por atraque y el permiso de guardafronteras, para los viejos socios que todavía integran el Club Náutico. Y la falta de recursos para reparación y mantenimiento de los botes existentes es otro acápite decisivo, para que cada día sean menos los que se hacen a la mar.
La pesca de orilla, que fue toda la vida una posibilidad de distracción para los pobladores de los pueblos costeros, a la vez de constituir una indudable fuente de sustento, ha quedado relegado al recuerdo, cuando los amigos se reunían con sus familias para probar suerte lanzando el anzuelo al agua, mientras conversaban y se divertían.
Los poquísimos lugares de captura que quedan, están cerrados al público. El puente de Los Marinos, adentrado en el mar y antaño un cebadero natural de peces, es hoy un paraje solitario, olvidado dentro de la demarcación del Círculo Social Obrero Aracelio Iglesia, reservado para los trabajadores de la Industria Pesquera.
El otro sitio de privilegio para enganchar roncos, parguetes y rabirrubias, el muro del círculo social Marcelo Salado, está cerrado también por pertenecer al MINIL.
La venta de avíos se ha esfumado. Los viejos vendedores murieron o se han retirado y hoy nadie se dedica a un negocio que no rinde. Cuando llega la corrida del pargo sanjuanero, es un acontecimiento ver pasar por la calle a pescadores con ensartas al hombro, una escena que antes fue un lugar común.
Hasta la cuota del pescado de la libreta ha sido sustituida por once onzas de pollo, solo queda a la gente la opción del Mercomar, la tienda del estado que vende productos marinos, donde el plato fuerte es la "croqueta de pescado". O recordar con nostalgia los tiempos cuando era fácil comprar pescado, o cogerlos en la orilla.
Para Cuba actualidad: frankcorrea4@gmail.com
Foto: Marcelo López
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