Miércoles, 07 de Noviembre de 2012 02:26
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Las fotos del hijo lo reflejan tal cual está; ya no es más el gallardo adalid de los años 60, ni el hombre maduro y frustrado de los 80, ni siquiera el líder renunciante de abril de 2011 en el VI Congreso del Partido, el que con su presencia achacosa sacó lágrimas a muchas de las mujeres presentes en aquel teatro abarrotado de carneros.
En solo un año y medio, el deterioro físico del Comandante es dramático. Algunos desean su muerte: es natural. La estela de odio que deja tras si después de más de medio siglo de tiranía, sale a la superficie. No se puede culpar por esto a los que expropió y humilló, a los familiares de los fusilados, a los que sufrieron cárcel o fueron apaleados en las calles, a los hambreados, a los religiosos y homosexuales que mandó a los campos de concentración de las UMAP, a los exiliados que no pueden regresar a su país, o a los intelectuales perseguidos. En fin, a las víctimas.
En realidad, hoy no es más que un anciano decrépito, pero mientras no lo fue hizo todo lo posible por ganarse el odio del pueblo cubano. Los criminales de guerra nazis han sido perseguidos aun siendo octogenarios. No hay perdón para ellos, las canas no absuelven de culpas y hay crímenes que no prescriben.
Dijo nuestro Apóstol: "El amor, madre, a la patria, no es el amor ridículo a la tierra (...) que pisan nuestras plantas. Es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca."
Su desaparición física será cuando Dios lo disponga, su desaparición política empezó hace rato. Los hechos lo han juzgado y condenado. Sus seguidores tratan, sin éxito, de remendar el desastre. Mientras, la imagen de la revolución cubana se corresponde con la de su líder.
Para Cuba actualidad: hchaviano5@gmail.com